Grace
—Felicidades, está embarazada de un mes y medio, señorita Grace.
Sus palabras me resonaban en los oídos mientras miraba, incrédula, a la doctora sentada frente a mí. El corazón empezó a golpearme el pecho tan fuerte que sentía los latidos en la garganta. Me quedé paralizada mientras intentaba comprender si había oído bien o si mi cerebro cansado me estaba jugando una mala pasada.
Pero al ver la serena confianza de su sonrisa y la certeza en sus ojos, supe que no se trataba de un malentendido ni de un sueño.
Era real.
De verdad estaba embarazada.
Todo a mi alrededor parecía extrañamente lejano, como si alguien hubiera silenciado el mundo. No sabía qué decir ni cómo debía reaccionar. Solo la miraba con la boca entreabierta y la mente en blanco. No me lo esperaba. Había venido pensando que solo era una fiebre persistente, algo relacionado con el estrés, algo que tenía explicación.
¿Quién habría pensado que, en lugar de una enfermedad, era una vida que crecía en silencio dentro de mí?
Apreté los dedos contra la palma mientras empezaba a asimilarlo.
—¿Señorita Grace? ¿Pasa algo? —preguntó la doctora al ver que no respondía, inclinando un poco la cabeza, preocupada.
Levanté despacio la mirada hacia ella e intenté hablar, pero no me salió la voz.
—Está bien. —Sonrió con dulzura—. He visto esto muchas veces. La mayoría de las mujeres se sorprenden tanto cuando se enteran que ni siquiera saben cómo reaccionar. —Acomodó el expediente que tenía en las manos y continuó—: Vamos poco a poco. Le haré unas preguntas, ¿está bien?
Asentí, aunque el corazón me seguía latiendo a toda velocidad.
—¿Cuándo fue la última vez que tuvo relaciones íntimas con su pareja? —preguntó.
—Ayer —respondí con sinceridad, mirándola mientras sentía que la cara se me calentaba casi al instante.
—Eso está bien. —Rio sin avergonzarse—. La intimidad es saludable para el cuerpo. Ahora, ¿cuándo fue su última menstruación? ¿Le llegó este mes?
Al hacer memoria, me di cuenta de algo que no había notado antes. No me había llegado la menstruación ese mes. Con todo lo que había pasado, ni siquiera había pensado en eso.
—Pero ¿cómo es posible? ¿Un mes y medio? —pregunté—. Mi pareja no... ya sabe, no se viene dentro de mí. Empezó a hacerlo hace poco.
Sabía que estaba siendo muy directa, pero necesitaba respuestas claras. Necesitaba entenderlo todo.
—En realidad, es muy posible quedar embarazada aunque su pareja se retire a tiempo —explicó la doctora con paciencia, sin parecer incómoda—. El método del retiro no es infalible. El líquido preseminal también puede contener espermatozoides, y calcular el momento exacto es muy difícil.
El corazón se me detuvo al escuchar su explicación.
Así que, pese al cuidado que Apollo había tenido todo ese tiempo, pese a que siempre se retiraba, había quedado embarazada. Por instinto, me llevé la mano al vientre y la apoyé mientras empezaba a sonreír de alivio.
Gracias a Dios.
Gracias a Dios que él era el padre.
Aunque había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tenido intimidad con Charles, me había preocupado la posibilidad de que él fuera el padre de mi bebé. No quería correr ningún riesgo. Y, aun si el bebé no hubiera sido de Apollo, sabía que amaría a ese hijo con todo mi ser. Pero no podía negar lo que sentía.
Me alegraba que Apollo fuera el padre.
—Veo que ahora se está tomando bien la noticia —dijo la doctora, que había notado el cambio en mi expresión y sonreía—. ¿Y el padre del bebé? ¿Piensa decírselo?
Bajé la mirada hacia mi vientre y apoyé los dedos temblorosos sobre él. Presioné la mano contra la superficie plana, como si de alguna manera pudiera sentir la frágil vida que se formaba dentro de mí, y me quedé sentada en silencio un largo rato.
Al principio, una pequeña parte de mí consideró no decírselo a Apollo, porque la mujer que había sido antes habría dudado y habría intentado afrontar sola algo que le cambiaría tanto la vida, convencida de que contárselo solo complicaría las cosas para ambos. Pero ya no era esa mujer que ocultaba su dolor o sus miedos. Me había prometido que no habría más secretos entre nosotros, ni más sacrificios en silencio, ni volvería a cargar sola con el peso del mundo cuando tenía a alguien que estaba a mi lado por voluntad propia.
Confiaba en él. Confiaba en lo que habíamos construido juntos y, así como él luchaba contra sus propios demonios y se esforzaba por superar su trauma por mí, yo también sería valiente por él.
—Sí, voy a decírselo —afirmé después de levantar la cabeza y regular la respiración, asintiendo con firmeza.
***
Cuando salí del hospital, el mundo exterior me parecía extrañamente distinto. La brisa de la tarde me rozaba la cara mientras los pensamientos se me agolpaban más que nunca. El chofer que esperaba en la entrada se acercó, inclinó la cabeza con respeto y me abrió la puerta trasera del auto.
Asentí en agradecimiento y subí al asiento trasero. Me acomodé sobre el cuero fresco mientras la puerta se cerraba a mi espalda con un suave clic que me pareció demasiado fuerte.
—¿Adónde vamos, señora? —preguntó el chofer, mirándome por el retrovisor.
—Lléveme a casa.

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