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Compláceme, Papi romance Capítulo 213

Apollo

Me quedé mirando el documento abierto sobre mi escritorio, con expresión sombría e indescifrable, mientras repasaba las cifras y las cláusulas por tercera vez. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, dejando a la vista las venas de los antebrazos, y en algún momento de la tarde me había pasado los dedos por el cabello tantas veces que ahora me caía desordenado sobre la frente.

Llevaba un rato sintiendo punzadas en la cabeza, pero las ignoraba, igual que ignoraba todo lo que intentaba frenarme. El dolor era irrelevante. El malestar era irrelevante. Nada de eso importaba mientras terminara el trabajo.

Pero las punzadas detrás de las sienes se fueron volviendo más agudas y persistentes, hasta que las palabras frente a mí empezaron a confundirse y me descubrí releyendo la misma oración sin asimilarla.

Exhalé despacio.

Me quité los lentes, los dejé sobre el escritorio y me froté el puente de la nariz, presionándome el entrecejo con los dedos en un intento de aliviar el dolor. Por un momento, me quedé sentado en silencio, dejando que la tensión disminuyera.

Abrí el cajón que tenía al lado con la intención de sacar los analgésicos que guardaba allí. En cambio, mi mirada se posó en el pequeño estuche de terciopelo que había dentro.

El anillo de diamantes captaba la luz incluso en la penumbra del cajón y la reflejaba en un destello frío y brillante.

Incliné un poco la cabeza. Esto no era propio de mí. Al menos, eso habría dicho antes. Pero últimamente ya no pensaba así.

Con cada día que pasaba con ella, empezaba a darme cuenta de que quizá siempre había sido así; era una versión de mí mismo a la que nunca le había permitido existir. Antes pensaba que no era de los hombres que compraban el anillo más caro del mundo solo porque podían imaginarse pasando el resto de su vida con una mujer. Después de todo lo que había vivido, creía que ya no me quedaba nada por cambiar. Creía que el Apollo de antes estaba completo, que era intocable y que ya era lo mejor que podía llegar a ser.

Me equivocaba.

Resultaba que, con ella, era exactamente esa clase de hombre.

Uno codicioso.

Cuanto más tenía, más quería. Y lo que quería era estar a su lado para siempre.

Si ese era el futuro que deseaba, no tenía más opción que ser mejor que el día anterior. Tenía que convertirme en alguien en quien ella pudiera apoyarse sin dudar. Alguien que no se derrumbara. Alguien que no la arrastrara consigo por sus traumas sin resolver y sus batallas inconclusas.

No podía perderla. No por mi pasado ni por mi debilidad. Antes de pedirle que se casara conmigo, antes incluso de merecer arrodillarme frente a ella, tenía que eliminar cualquier obstáculo que pudiera amenazar su futuro. Me pasé una mano por el cabello ya revuelto y exhalé.

Nada me había afectado así antes. En el pasado, podía alejarme de cualquier cosa sin dudar. Personas, tratos, emociones, daba lo mismo.

Ahora... ni siquiera podía imaginar una vida sin ella.

—Apollo —murmuré entre dientes con una sonrisa tenue, casi burlándome de mí mismo—, estás perdido.

Cerré el cajón con firmeza y volví a tomar el documento, obligándome a concentrarme de nuevo. Cuando estaba a punto de seguir leyendo, la puerta de la oficina se abrió.

—Si abriste la puerta de esa manera, más te vale tener una muy buena razón, Chase —dije sin levantar la mirada.

No era una pregunta. Era una advertencia. Ya estaba al límite, y lo último que quería era una interrupción innecesaria.

No hubo respuesta.

—Vete de aquí. —Fruncí un poco el ceño, pero mantuve la mirada en el documento.

Escuché pasos lentos.

“Bien. Entendió”, pensé, pero cuando di por hecho que se había ido, una voz suave llegó hasta mí desde el otro lado de la oficina.

—Ay, ¿quieres que me vaya? Pero vine para que nos divirtamos un rato.

Me detuve, sin bajar el documento que sostenía.

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