Grace
En cuanto salí del ascensor y entré al salón principal, todos se enderezaron e inclinaron ligeramente la cabeza a mi paso.
—Buenos días, señorita Grace.
—Buenos días, señorita Grace. ¿Cómo pasó la noche?
—Buenos días, señorita Grace.
Los saludos se sucedían, amables y respetuosos.
—Buenos días —respondí con calma, dedicándoles una sonrisa y asintiendo ligeramente.
Cuando empecé a trabajar allí, el ambiente había sido completamente distinto. La gente me miraba con desconcierto, desconfianza e incluso miedo. Para ellos, yo era la heredera que había aparecido de la nada y ocupado un puesto de autoridad de la noche a la mañana. No sabían qué esperar de mí. Algunos evitaban mirarme a los ojos. Otros murmuraban a mis espaldas.
Bastaron unos días para que todo cambiara.
No alcé la voz. No intenté imponerme. Simplemente hice mi trabajo, resolví problemas, manejé crisis y mantuve la calma por caótica que se pusiera la situación. La aptitud cuenta más que un nombre. Y sus miradas recelosas fueron dando paso al respeto. Ahora, cada vez que pasaba junto a ellos, me saludaban con sinceridad, no por obligación, sino porque querían hacerlo.
Caminé hacia la salida y empujé las puertas de cristal. El aire fresco me rozó la cara y aparté el cabello que me revolvía el viento. Saqué el celular del bolsillo y estaba a punto de llamar a Eleanor cuando una mujer me llamó en tono juguetón desde unos pasos más adelante.
—Jefa, ¿quieres que te llevemos a algún lado?
Me detuve y giré la cabeza. Un poco más adelante había un auto conocido, y Eleanor, Wyatt y los gemelos estaban apoyados en él con naturalidad.
En cuanto los vi, me enternecí. Mi expresión cambió sin que tuviera que intentarlo. La serena y distante “señorita Grace” desapareció para dar paso a una versión más cálida de mí. Fue como si mi actitud hubiera dado un giro completo. Por mucho que cambiara ante el mundo, con ellos nunca podría cambiar. Porque habían estado a mi lado en mis peores días. Y seguían conmigo en los mejores. Eran mi familia.
Sonreí.
—Sí —dije mientras me acercaba—. Me vendría bien que me llevaran.
En cuanto Lucas y Liana me vieron bien, se les iluminó la cara.
—¡Tía! —gritaron al mismo tiempo.
—Vengan para acá. —Abrí los brazos.
Corrieron hacia mí y me rodearon la cintura con sus bracitos. Los abracé y respiré hondo; no me había dado cuenta de cuánto extrañaba ese consuelo familiar. Últimamente había estado tan ocupada que apenas tenía tiempo de verlos. Aun así, siempre que disponía de un rato libre, en vez de llamar primero a Apollo, terminaba llamando a Eleanor y a Wyatt para contarles todo lo que me estaba pasando.
—Tía... guau. Casi no te reconozco. Te ves muy diferente. —Liana se apartó un poco y me examinó con los ojos muy abiertos.
—Sí. Te ves diferente. —Lucas asintió con seriedad.
—¿Les gusta? —pregunté con una risita suave.
—¡Nos encanta! —Ambos asintieron con entusiasmo.
Me llené de ternura. Eleanor se acercó y dio unas suaves palmadas.
—Bueno, bueno. Su tía está ocupada. Tiene que ir a un lugar. Ustedes prometieron portarse bien, por eso los traje.
—Solo la extrañábamos. Hace mucho que no estamos juntos. —Los gemelos se miraron y Lucas hizo un pequeño puchero.
Liana asintió.
—No se preocupen. Este fin de semana tendré un descanso. Iré a casa y pasaremos juntos todo el tiempo que podamos. Se los prometo. —Les puse las manos sobre la cabeza y les alisé el cabello.

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