Grace
Me recosté contra el respaldo de la silla y me llevé una mano al cuello. Lo froté despacio para intentar aliviar el dolor intenso que se me había instalado ahí después de un día entero de reuniones, documentos y conversaciones que parecían no terminar nunca.
Me sentía aturdida.
Al otro lado del escritorio, mi asistente levantó la mirada y me sonrió con calidez y comprensión.
—Debe estar cansada —dijo—. Lleva varios días trabajando sin parar. No solo dirige el departamento de relaciones públicas, sino que también se ha involucrado personalmente en los asuntos de la empresa. Cualquiera estaría agotado.
Levanté la mirada y la observé con atención.
Linda era hermosa, pero su belleza no era imponente ni intimidante. Tenía una elegancia serena que hacía que los demás se sintieran a gusto con ella. Apenas unos días antes, mi madre me la había presentado personalmente y me había explicado que Linda había sido su asistente durante años y que confiaba plenamente en ella. Me dijo que quería que tuviera a mi lado a alguien con experiencia, que pudiera orientarme y facilitarme las cosas mientras me adaptaba a mi puesto. Y había tenido razón. Linda era profesional, eficiente y ni una sola vez me había hecho sentir poca cosa o inexperta.
Asentí ligeramente y exhalé.
—Sí —admití, con la voz más baja de lo habitual—. Hay mucho que hacer y no quiero dejárselo todo a mi mamá. Ryan está concentrado en el hospital, Theodore está ocupado con su carrera y nadie tiene tiempo para ayudarla. El departamento de relaciones públicas no me abruma, así que al menos debería quitarle un poco de peso de encima.
—La señora Jones estaría muy feliz si la oyera decir eso. —La sonrisa de Linda se acentuó—. Siempre se pone de buen humor cuando usted habla de ella o pasa tiempo con ella. Lo sabe, ¿verdad? Incluso cuando está estresada o enojada, se ablanda si se trata de usted.
La miré y supe que tenía razón. Mi madre siempre me escuchaba como si nada más en el mundo importara, como si yo fuera lo más importante de su vida. Incluso en los días en que era evidente que estaba abrumada, nunca me apresuraba ni le restaba importancia a lo que decía. A veces me parecía como si estuviera viviendo un sueño que de niña nunca me había atrevido a imaginar.
Sonreí un poco y volví a recostarme contra el respaldo. Ahora me sentía más cómoda, más a gusto con mi familia de lo que jamás había creído posible. Me trataban tan bien que a veces casi me daba miedo. Toda mi vida había deseado una familia que me quisiera sin condiciones, sin esperar en secreto algo a cambio, y nunca imaginé que recibiría tanto cariño y atención de mi madre y mis hermanos. Sin embargo, ahí estaba, viviendo todo eso.
El mismo día que anuncié que era la verdadera heredera, me puse a trabajar y me volqué en mis responsabilidades sin darme tiempo para descansar. Y, desde entonces, Katherine había desaparecido. Nadie había sabido nada de ella. Era como si se la hubiera tragado la tierra.
Se había llevado sus bolsos y su ropa cara, le había robado dinero a mi madre y se había marchado sin dejar rastro. Cuando Ryan investigó más a fondo, descubrió que Katherine lo había sabido todo desde el principio. Sabía lo que había hecho su madre. Sabía quién era yo en realidad.
No me había prestado atención durante todos esos años porque creía que nadie descubriría jamás la verdad. De no haber sido por su interés en Apollo, probablemente habría seguido ignorándome. Ese interés había sido el único motivo por el que había entrado a la empresa. Y, en cuanto se dio cuenta de que la familia Jones sabía de mí y de que pronto saldría a la luz su propia participación, huyó y desapareció antes de que pudieran atraparla.
No me importaba dónde estuviera Katherine ni qué fuera a pasarle. Eso ya no era asunto mío. La única razón por la que seguía pensando en ella era mi madre.
Podía ver el dolor que tanto se esforzaba por ocultar. Me parecía que, si Katherine no hubiera estado involucrada en todo esto, mi madre la habría seguido queriendo como a una hija. Tal vez por eso se culpaba de todo lo que me había pasado y de haber confiado en las personas equivocadas.
Podía ver la culpa en sus ojos cada vez que me miraba, pero, en realidad, ella también era una víctima. La habían engañado y obligado a criar a la hija de otra mujer mientras su propia hija estaba perdida en algún lugar, creciendo sola, sin que nadie la quisiera.
Solo de pensarlo se me oprimía el pecho. Debía de haber pasado un infierno todos esos años, buscando desesperadamente a su hija y culpándose por algo que nunca había sido culpa suya. Me llevé despacio la mano al vientre y, sin darme cuenta, la dejé ahí. Entonces, pensé en algo aterrador.
“Si fuera yo... si yo perdiera a mi hija de esa manera, ni siquiera sé si podría sobrevivir”.

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