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Compláceme, Papi romance Capítulo 207

Grace

Me senté al borde de la cama y respiré despacio, con un leve temblor, pero hasta ese simple gesto me resultó pesado, como si a mis pulmones les costara tomar suficiente aire. Sentía que el cuerpo me fallaba después de lo ocurrido ese día.

Ni siquiera sabía cómo había logrado mantenerme consciente todo el día sin volver a desmayarme. Estaba aturdida, tenía los brazos y las piernas entumecidos y necesitaba todas mis fuerzas solo para mantenerme erguida unos segundos más.

Lloraba la muerte de Hannah desde que me enteré de la noticia, pero en aquel momento aún podía obligarme a mantener la compostura y decirme que me mantuviera en pie, que no me derrumbara. Ahora era diferente. La debilidad era más profunda, se me metía en los huesos.

Me sentía tan frágil que Apollo había tenido que sostenerme para ayudarme a subir al auto, sujetándome con firmeza por la cintura, como si temiera que me desplomara en cualquier momento. Para cuando llegamos a casa, las náuseas me revolvían el estómago y todo me daba tantas vueltas que creí que iba a vomitar ahí mismo.

Suspiré y me recosté en la cama. Mi cuerpo se hundió en el colchón mientras yo miraba el techo. Era blanco y liso, no tenía nada de especial, pero lo miraba fijamente, como si apartar la mirada fuera a empeorarlo todo de alguna manera. A veces, por más normal que sea algo, te quedas mirándolo con la esperanza de que te distraiga, de que calme el caos de tu mente. Pero yo sabía que no sería así. Un simple techo no podía borrar lo que había descubierto ese día.

Después de todas aquellas revelaciones, mi mundo se volvió más confuso en lugar de aclararse. Descubrí que mi padre y la madre de Apollo nunca habían tenido una aventura. Descubrí que la mujer a la que llamaba madre había sido la sirvienta de mi madre biológica y que me había intercambiado por su propia hija, Katherine, solo para que su niña tuviera una vida feliz y cómoda.

Descubrí que mis hermanos y el hombre al que amaba nunca se habían odiado de verdad, que habían estado trabajando juntos en secreto todo ese tiempo para encontrar a la asesina.

Las revelaciones me golpeaban una tras otra, como olas; se acumulaban tan rápido que mi mente apenas tenía tiempo de asimilarlas.

Suspiré de nuevo y me llevé una mano a la cabeza. Me presioné la sien con los dedos cuando empecé a sentir un intenso dolor palpitante.

Demasiados giros inesperados en un solo día, demasiadas verdades descubiertas de golpe, y ahora sentía que la cabeza se me partía.

Antes, cuando Apollo me dijo que estaban cerca de encontrar a la asesina, quise decir algo, cualquier cosa, pero entonces me mareé. Apollo lo notó. Antes de que pudiera protestar, me levantó en brazos y me sacó de allí, aunque yo quería quedarme porque sentía que les debía algo a Adam y a mi madre.

Yo era la razón de su sufrimiento. Debí quedarme y hacerme responsable de sus emociones y de su dolor. A pesar de lo mal que se sentían, dejaron que Apollo me sacara en brazos y le dijeron que me cuidara mientras nos alejábamos.

Y, como era de esperar, mi madre adoptiva me suplicó que la perdonara. Entre llantos, me rogaba que tuviera piedad de ella y de su esposo. Ni siquiera tuve oportunidad de responder. Mi madre biológica perdió el control y le dio una cachetada tan fuerte que la hizo caer al suelo, desmayada. Me quedé atónita. No me lo esperaba.

Por lo que había descubierto sobre mi madre biológica, no era de las que perdonaban. Y mi madre adoptiva no solo había ocultado la verdad sobre mi padre, sino que también le había robado a su hija y me había maltratado durante años. Eso jamás se podría pasar por alto.

No tenía idea de qué le pasaría después de aquello, pero estaba segura de que la vida de mi madre adoptiva estaba acabada.

¿Sentía lástima por ella? No. Ni un poco.

Darme cuenta de eso me sorprendió más que cualquier otra cosa. Por mucho que me hubieran lastimado en el pasado, siempre había cedido ante mis padres y había buscado excusas para justificarlos. Pero ahora, acostada allí, mirando el techo, no sentía nada por ellos.

Los había arrancado de mi corazón. Cerré los ojos, tratando de aislarme de todo, cuando sentí algo cálido rozarme la mejilla.

Abrí los ojos despacio y miré a Apollo. Estaba inclinado sobre mí, su cuerpo me cubría de manera protectora y tenía la cara tan cerca que podía sentir su aliento. Sus ojos color avellana estaban oscurecidos y cargados de emoción, como si no soportara verme así.

Lo miré durante un largo rato. Normalmente, estar tan cerca de él habría hecho que se me acelerara el corazón y empezara a darle mil vueltas a todo, pero ahora, en lugar de nervios, sentía calma. Por primera vez en todo el día, no sentía tanta presión en el pecho. Me sentía segura y feliz al saber que estaba allí, a mi lado.

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