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Compláceme, Papi romance Capítulo 205

Grace

La directora tenía razón.

En ese entonces era demasiado pequeña. A los siete años no entendía lo que decían ni lo que aquellas palabras significaban en realidad. Solo sabía que alguien me quería, que alguien decía ser mi madre, y para una niña como yo, eso bastaba y sobraba para acallar todas las advertencias que mi instinto intentaba gritarme.

Solo después de aquel sueño con Hannah me volvió todo de golpe.

Todavía me sorprendía poder recordar algo de hacía tanto tiempo, algo tan enterrado que ni siquiera sabía que existía. Pero algunos recuerdos nunca se quedan enterrados. Por mucho que intentes olvidarlos, por mucho que quieras que desaparezcan, siempre regresarán a la superficie a zarpazos cuando llegue el momento.

Y ahora, de pie frente a la mujer a la que alguna vez llamé madre, ya ni siquiera sabía qué se suponía que debía sentir.

¿Debía sentirme herida? ¿Traicionada? ¿Furiosa porque las dos personas a las que amé con todo mi corazón nunca me quisieron ni un poco y solo me consideraban algo útil? ¿O debía sentirme estúpida por haber creído durante años que, si me esforzaba más, me portaba mejor y era más obediente, acabarían por quererme?

La verdad, no me importaba demasiado que los Jones fueran mi familia biológica. No me importaba ser una heredera. Ni siquiera me importaba que me hubieran intercambiado al nacer.

Si me hubiera dicho la verdad, si se hubiera sentado conmigo y me hubiera confesado lo que hizo, la habría perdonado. De verdad lo habría hecho. El amor de una madre puede llevarla a hacer cosas desesperadas y terribles, y yo lo habría comprendido. Habría intentado comprenderla. Pero ella nunca me vio como a su hija.

Ella y su esposo me trataban como a una sirvienta, como algo que solo existía para recibir órdenes y correcciones y ser moldeado a su gusto. Incluso después de que me adoptaran, nunca llegué a saber qué se sentía al ser amada. No era más que una herramienta de la que podían servirse cuando necesitaban algo. Me obligué a convertirme en lo que querían, acallando mis pensamientos y enterrando mi verdadero ser tan hondo que hasta yo olvidé quién se suponía que debía ser.

“Ah, Grace... doy tanta lástima”.

El pensamiento resonó con amargura en mi mente.

Si pudiera volver atrás, abrazaría a la niña que fui con tanta fuerza que dolería. Esa pequeña no merecía perderse a sí misma solo para sobrevivir. No merecía mendigar amor a personas que nunca fueron capaces de dárselo.

Antes de que pudiera contenerla, una sola lágrima me resbaló por la mejilla.

Respiré hondo, me la sequé con el dorso de la mano y levanté la cabeza para mirarla a los ojos. Cuando hablé, mi voz sonó ronca y baja, pero firme.

—Esta será la última vez que derrame una lágrima por ustedes.

Mis palabras la dejaron inmóvil. Me di la vuelta con calma, me senté en la silla frente a ella y crucé las piernas despacio. Cuando volví a mirarla, ya no quedaba calidez en mi mirada.

—Elige —dije—. Dime lo que sabes o ve a la cárcel.

—¿L-lo que sé? —preguntó después de tragar saliva con dificultad. El pecho le subía y bajaba deprisa.

—Sí. —Asentí—. Eras sirvienta de la familia Jones, ¿verdad?

Bajó la mirada, temblando, incapaz de responder.

—Entonces conocías al señor Jones. Bueno, como soy su hija, eso significa que es mi padre. Conocías a mi padre. Voy a hacerte unas preguntas y quiero respuestas sinceras. —Me recliné un poco sin apartar la mirada de su cara—. Tu vida está en mis manos ahora. Los Jones ya saben que soy su hija. Si les cuento lo que pasó en realidad en ese entonces y cómo me trataron tú y tu esposo, dudo que las personas que vienen a cada rato a exigirles dinero sigan siendo su mayor problema.

—G-Grace... —Mi madre abrió mucho los ojos de puro miedo. Le temblaban los labios mientras me miraba como si estuviera viendo algo desconocido.

La ignoré.

—Primero, ¿mi padre de verdad tuvo una aventura con la madre de Apollo? —pregunté tras inclinar un poco la cabeza y estudiarla como quien examina un objeto frágil.

Antes de llegar, Eleanor y Wyatt me lo habían contado todo en el auto. Al principio me sorprendió, pero cuanto más lo repasaba en mi mente, menos me cuadraba. Todo sonaba demasiado ordenado, demasiado perfecto, como las piezas de un juego de mesa colocadas con cuidado por alguien que sabía exactamente cómo reaccionarían los jugadores. No parecía un error. Parecía planeado.

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