Grace
En los últimos meses, desde que me fui de esta casa, no había vuelto a saber nada de ellos. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera un rumor que llegara a mis oídos. En ese entonces, querían obligarme a casarme con Charles, aun sabiendo que era gay, como si mi felicidad nunca les hubiera importado. Cuando me negué y me fui, fue como si me hubieran borrado de sus vidas.
No sabía qué había pasado durante ese tiempo ni cómo habían cambiado sus vidas, y tampoco me importaba lo suficiente como para averiguarlo.
Por eso la escena que tenía delante me parecía imposible. La mujer sentada en el sofá no se parecía en nada a la madre que recordaba. Antes era enérgica, arrogante, hacía lo que quería sin importarle las consecuencias y siempre estaba con el mentón en alto, mirando a todos por encima del hombro.
Ahora se veía pálida y delgada, casi frágil, como si la vida misma le hubiera arrebatado hasta el último rastro de color y orgullo. Estaba tan desmejorada que, por un segundo, casi no la reconocí.
Levantó la cabeza y me miró, abriendo los ojos de sorpresa. Se le fue dibujando una sonrisa de alivio, como si acabara de ver algo que había estado esperando con desesperación.
Si esto hubiera ocurrido antes, sabía exactamente cómo habría reaccionado. Me habría alegrado. Toda mi vida, lo único que había querido era que mis padres me miraran así, que sonrieran aliviados, como si se alegraran de verme, en lugar de mirarme como una carga indeseada de la que no veían la hora de deshacerse. Habría corrido hacia ella sin vacilar y me habría lanzado a sus brazos en cuanto me sonriera.
Aunque no me quisiera como debía quererme una madre, aunque me tratara mal, para mí seguía siendo mi madre y la quería profundamente.
Esta vez era distinto. Me quedé ahí, inmóvil, observándola con una mirada que sentía vacía, sin alma, como si mirara a través de ella en vez de mirarla a ella.
—No lo puedo creer —dijo con la voz temblorosa de emoción, después de frotarse los ojos como si no acabara de creer lo que veía, volver a abrirlos y sonreír aún más—. Estás aquí. De verdad eres tú.
—Por fin estás aquí —dijo después de levantarse de prisa, correr hacia mí y abrazarme como si temiera que fuera a desaparecer si me soltaba. Me mantuvo apretada contra ella—. No nos has abandonado. Gracias a Dios, volviste a casa.
No reaccioné, no le devolví el abrazo ni me aferré a ella como antes.
Cuando notó que no respondía, que no me aferraba a ella ni lloraba como antes, se apartó despacio. Me tomó de las manos y apretó mis dedos entre los suyos mientras me sonreía, esperanzada y casi desesperada.
—No tienes idea de lo que pasamos después de que te fuiste. Nos pasaron tantas cosas terribles.
—El negocio de tu padre empezó a ir mal y, por eso, le dio un infarto. Ahora está en coma —continuó después de tomar aire, temblando. La voz se le quebró un poco, pero siguió hablando—. Antes de que eso pasara, le debía dinero a mucha gente. Tuve que vender casi todo lo que teníamos para pagarles, pero no fue suficiente. La gente seguía viniendo y se llevaba todo lo que podía. Ya no nos queda nada, salvo esta casa, y hasta eso le pertenece al banco. Tarde o temprano tendré que irme.
—Durante todo este tiempo, intenté llamarte, pero las llamadas nunca entraban. Incluso contraté investigadores privados para buscarte, pero todos terminaban desapareciendo sin darme explicaciones. No contestaban mis llamadas, por más veces que lo intentara.
La miré en silencio, sin cambiar de expresión. No era estúpida. No necesitaba indagar más para saber quién había impedido que esas personas se acercaran a mí.
Apollo.
Me había estado protegiendo en silencio, resguardándome de todo lo que ni siquiera sabía que estaba pasando, permaneciendo a mi lado sin que yo me diera cuenta. Siempre estaba ahí, protegiéndome a su manera.
—Gracias a Dios, ya estás aquí —dijo mi madre, apretándome más las manos y sonriendo de nuevo, con los ojos brillantes de alivio y expectativa—. Las cosas ya no serán tan duras. La vida ya no volverá a ser tan difícil.
Creía que todo podía volver a ser como antes.

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