Apollo
Me acerqué a su lado de la cama sin despertar del todo, moviéndome por instinto. Extendí el brazo, esperando encontrarla a mi lado. En cambio, mi mano solo encontró las sábanas frías.
Bastó con eso para despertarme.
Fruncí ligeramente el ceño y abrí los ojos. Mi vista se fue aclarando mientras la luz de la mañana entraba por la ventana y trazaba finas líneas doradas en el cuarto. Giré la cabeza y recorrí con la mirada primero la cama y luego el resto del cuarto.
Estaba vacío. No había ni rastro de ella. Me incliné hacia delante y las sábanas resbalaron hasta quedar sueltas alrededor de mi cintura. Me pasé una mano por el cabello y exhalé.
“Tal vez se fue temprano”.
La idea me disgustó más de lo que debería. Normalmente, yo despertaba antes que ella, pero la noche anterior había sido distinta. Por primera vez en mucho tiempo, tanto que no recordaba cuánto, había dormido profundamente y en paz, con ella acurrucada contra mí. Había estado tan tranquilo que ni siquiera sentí el momento en que se deslizó fuera de mis brazos.
Volví a mirar la cama y los recuerdos de la noche anterior me invadieron sin que pudiera evitarlo. El cine. El momento en que dije esas palabras en voz alta en vez de guardármelas. La forma en que me miraba, como si valiera la pena elegirme. Cómo se sentía su cuerpo mientras gritaba mi nombre de placer. Y cómo me había dicho que me amaba antes de quedarse dormida contra mi pecho.
Parecía como un sueño al que no tenía derecho.
Durante años me había convencido de que la felicidad no era para mí, de que sufrir era un precio justo por el pasado, por las vidas que no había logrado proteger. Sin embargo, pese a lo imposible que parecía todo, no me arrepentía de un solo segundo de la noche anterior. Si pudiera volver atrás y conocerla de nuevo, solo para sentirme humano así una vez más, lo haría sin dudarlo.
Ella era el primer rayo de luz que había llegado a mi mundo vacío, y no tenía ninguna intención de dejarla ir.
Exhalé despacio y miré hacia la ventana, inclinando un poco la cabeza mientras el sol me calentaba la piel.
—Es curioso —murmuré para mí— lo fácil que puede cambiar una persona cuando la persona indicada llega a su vida.
Al cabo de un momento me levanté, y la sábana cayó cuando me dirigí al baño. Apenas crucé el umbral, me detuve al percibir algo familiar. Su aroma aún permanecía allí.
Debió de ducharse antes de irse. Alcé la mirada hacia el espejo y volví a detenerme.
Tenía el cuello cubierto de marcas que resaltaban con claridad sobre mi piel. Pruebas de la noche anterior. Intencionales, sin duda. Sonreí con picardía mientras las contemplaba.
Me gustaba su lado celoso. La idea de que no le gustara que otras mujeres me miraran, así como yo no soportaba que otros hombres siquiera respiraran demasiado cerca de ella.
¿Era posesivo? Tal vez. Pero ella me pertenecía, igual que yo le pertenecía a ella.
Salí del baño con un ligero aroma a jabón todavía en la piel. Me puse unos pantalones deportivos y una sudadera con capucha antes de tomar mi celular de la cómoda. Mientras salía de la habitación, dejé el pulgar sobre el nombre de Grace en la pantalla, anticipando ya el sonido de su voz.
Antes de que pudiera llamarla, una voz rompió el silencio de la casa.
—¿Puedes dejar de hacer un desastre, por favor? Ya te puse la comida en el suelo.
Me detuve.
Alcé despacio una ceja mientras bajaba el celular. Conocía esa voz demasiado bien. Seguí el sonido hacia la cocina, sin prisa. Y entonces la vi.
Grace estaba de pie junto a la encimera, vestida solo con una de mis camisas, que le quedaba holgada y cuyo borde le rozaba los muslos. Llevaba el cabello recogido en un moño despeinado, con algunos mechones sueltos alrededor de la cara, y un delantal atado a la cintura, salpicado de harina. Un poco también le había manchado la mejilla sin que se diera cuenta.

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