Grace
Dejé que mi mirada se demorara en Apollo un poco más de lo habitual, deleitándome con la tensión de su mandíbula, el fruncimiento de su ceño y el pulso tenue en su cuello. Me acerqué despacio y presioné mis labios contra los suyos. Se le cortó la respiración y, cuando estaba a punto de inclinarse hacia mí para adueñarse del beso, me aparté y recorrí sus labios con un dedo.
Me miró con una ceja alzada en un gesto interrogante. Sonreí y hablé en voz baja, casi provocadora.
—Por favor, sea paciente, señor. Su comida estará lista pronto.
Un destello de diversión le iluminó los ojos, pero, para mi sorpresa, no intentó tomar el control. Solo me miraba como si yo fuera lo único que importaba, dejándome marcar el ritmo y llevar la iniciativa. Sentí un escalofrío de poder recorrerme.
Volví a acercarme y le besé un costado del cuello, mordisqueándolo y succionando hasta dejarle una marca con los dientes que lo hizo gemir y presionar sutilmente las caderas contra las mías. Bajo mi mano sentía su sexo duro y tenso, desesperado por recibir atención, pero lo ignoré y me concentré en la marca que le estaba dejando.
Su gemido se volvió más grave mientras me demoraba en ese punto, provocándolo con los labios y mordiendo apenas lo suficiente para hacerlo estremecer. Cuando me aparté, vi una marca de un rojo intenso.
Perfecto.
Cualquiera que viera la marca sabría que Apollo le pertenecía a alguien. La posesividad me recorría las venas y la expectación llegaba a dolerme. No veía la hora de ver la cara de Katherine cuando la notara al día siguiente.
Apollo me seguía con la mirada, dividido entre el orgullo y el evidente deseo de poseerme ahí mismo.
Me mordí los labios mientras lo observaba con atención. Él siempre tenía el control, siempre decidía cada caricia y cada movimiento, pero esa noche me tocaba a mí. Me tocaba provocarlo, hacerlo retorcerse, dejarlo jadeando, arqueándose y temblando por mí. Quería que se olvidara de todos menos de mí.
—Te has portado bien —murmuré, acercándome más y rozando con los labios la curva de su mandíbula. Mi voz sonaba baja y sensual—. Es hora de darte la atención que mereces, papi.
Sonrió al escuchar mis palabras y me levantó el mentón con un dedo. Me habló al oído con voz grave y firme, y los escalofríos me recorrieron la espalda.
—Más te vale divertirte, princesa. Porque cuando termines, no voy a darte ni un momento de descanso.
Mierda. ¿Me estaba asustando o me estaba dando más ganas?
No aparté la mirada. En cambio, llevé los dedos a su camisa y la fui desabrochando, un botón a la vez. Cada movimiento dejaba al descubierto más de su piel, que brillaba bajo la luz tenue, y de su pecho, que se elevaba con respiraciones cortas. Paseé la mano por el relieve de sus músculos, recorriendo las hendiduras y sintiendo el pulso que latía bajo mis dedos.
Me incliné y presioné los labios contra la parte alta de su pecho para explorarlo. Mis besos fueron descendiendo por su torso, rozando cada línea, cada hendidura, y arrancándole suaves gemidos. Sentía las sacudidas de sus manos sobre mis hombros; él estaba desesperado por tomar el control.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi