Grace
Nunca había entendido los celos.
Nunca entendí por qué la gente sentía celos cuando alguien se acercaba demasiado a su pareja o a la persona que le gustaba. ¿Por qué sentirse amenazado por algo que probablemente no significaba nada? Que alguien coqueteara con la persona que te gustaba no significaba que esta le correspondiera. Siempre me pareció absurdo, un desperdicio de energía por dejarse llevar por la inseguridad en vez de confiar.
Ni siquiera sentía celos de Charles. A veces, las mujeres coqueteaban con él y a mí nunca me importó. Tal vez porque Charles, de entrada, nunca se quedaba cerca de ellas. O quizá porque era gay. Como fuera, nunca sentí esa punzada tan desagradable en el pecho de la que todos hablaban.
De verdad creía que no era celosa. Entonces, ¿por qué, por qué carajo me latía tan fuerte el corazón ahora?
¿Por qué volvía a aferrarme a la silla, por qué apretaba la mandíbula y por qué tenía que contenerme para no levantarme, cruzar hasta el otro lado de la mesa y tirar ese café de un manotazo?
Darme cuenta me hizo enojar. Ni siquiera contra ella, sino contra mí misma. Me estaba enojando por una pequeñez.
No me gustaba que otra mujer coqueteara con Apollo. No me gustaba lo cerca que estaba de él. No me gustaba la seguridad con la que lo hacía. Y me odiaba por sentirme así por un hombre.
Mierda.
De todos modos, él tenía la culpa. Si no tuviera una cara tan atractiva, quizá las mujeres no sentirían la necesidad de llevarle café y sonreír como si hubieran ganado algo por el simple hecho de estar a su lado. Si fuera un poco más feo, tal vez lo dejarían en paz.
—¿Grace? —susurró Chase, preocupado—. ¿Te pasó algo? ¿Te duele algo?
Me volví hacia él, me obligué a sonreír, aunque me salió una sonrisa tensa, y asentí.
—S-sí —dije en voz baja—. Solo estoy cansada. No dormí bien anoche.
Chase suspiró aliviado.
—Ah. Pensé que había pasado algo grave. Nunca te había visto actuar así. Tal vez deberías irte a casa a descansar. Yo hablaré con el señor Reed sobre tu ausencia.
Negué enseguida.
No pensaba irme por nada del mundo.
Era infantil, pero la idea de irme a casa mientras Katherine se quedaba aquí, de pie junto a Apollo, sonriéndole, quizá coqueteando sin reservas, no me dejaba tranquila. No iba a tener paz.
—Estoy bien —dije—. No te preocupes. Me quedo.
Volví a mirarlos.
Katherine seguía de pie junto a Apollo y lo miraba con los ojos brillantes, como si le bastara estar cerca de él para ser feliz.
Miré a Apollo.
Él no la miraba.
Ni siquiera miró el café que ella le puso delante. Seguía ahí, intacto y olvidado. En cambio, tenía la mirada clavada en Theodore, como si Katherine no existiera.
A Katherine no parecía molestarle en absoluto que Apollo no le hiciera caso.
Más bien, parecía cada vez más intrigada. Por la forma en que lo seguía con la mirada y por su sonrisa, daba la impresión de que cuanto menos caso le hacía él, más se decidía ella a insistir. Al notarlo, fruncí más el ceño. No me gustaba esa sensación que me recorría la espalda, y ella me caía peor por provocármela con tanta facilidad.
La voz de Apollo se escuchó en toda la sala de juntas.
—¿Dónde estuvo la semana pasada?
Todos se volvieron hacia Theodore. Era evidente a quién iba dirigida la pregunta. Theodore alzó despacio una ceja y sonrió con desgana.
—Qué pregunta tan intrigante, señor Reed —dijo—. Si me permite preguntar, ¿por qué le interesa saberlo?
Katherine permaneció de pie un momento, observando a los dos hombres como si disfrutara de un espectáculo privado, hasta que uno de los ejecutivos se inclinó hacia ella y susurró:

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