Grace
Miré a Apollo Reed un momento, mientras el corazón me latía con fuerza. Tragué saliva, pero tenía la garganta tan seca que me dolía.
Dios mío. Este hombre.
Por eso no quería sentarme a su lado. No era porque le tuviera miedo. Apollo ya no me asustaba, pero seguía poniéndome nerviosa. Cada vez que me acercaba demasiado, el corazón se me aceleraba, la piel se me calentaba y se me enredaban las ideas.
Me sentía como una chica de preparatoria que volvía a enamorarse, demasiado pendiente de cada roce fugaz y cada mirada furtiva.
La verdadera razón por la que no quería sentarme con él era sencilla. Sabía muy bien qué clase de hombre era Apollo. Jamás me dejaría cenar tranquila sin tocarme, sin hacer algo que provocara una reacción en mi cuerpo antes de que pudiera entender lo que pasaba.
La comida ni siquiera estaba en la mesa y él ya tenía la mano en mi muslo. Y, mierda, ¿por qué era así? ¿Por qué siempre tenía algo seductor que decir, algo que me dejaba las piernas flojas y la mente en blanco?
“Tengo muchas ganas de ver cómo te estremeces”. Sus palabras volvieron a resonar en mi cabeza y se adueñaron de mis pensamientos hasta impedirme pensar con claridad. Este hombre iba a acabar conmigo. Sentía que su mano subía despacio y me costaba respirar.
—Tía Grace, ¿qué te pasó? —preguntó Liana, sacándome de aquel torbellino de pensamientos—. Tienes la cara muy roja. ¿Te estás enfermando otra vez?
Volví en mí y me giré hacia ella antes de poder pensar. Sin siquiera darme cuenta, aparté de un manotazo la mano de Apollo debajo de la mesa. En cuanto comprendí lo que había hecho, me quedé inmóvil.
Un momento. ¿Acababa de apartarle la mano como si fuera un fastidio? Quise mirarlo para ver cómo reaccionaba, pero me contuve y me concentré en Liana. Me obligué a sonreír. Antes de que pudiera decir algo, Eleanor intervino despreocupada y demasiado divertida.
—Claro que está bien. A tu tía no le pasa nada.
—Pero está roja —insistió Liana, inclinando la cabeza.
Eleanor sonrió con picardía y me miró con complicidad.
—Sí, ya lo veo —dijo, disfrutando demasiado de la situación—. Las personas se pueden poner rojas por muchas otras razones, ¿sabes?
La fulminé con la mirada y sentí que me ardía más la cara.
—Eleanor, deja de molestar —le dije entre dientes antes de volverme hacia Liana—. Estoy bien. En serio. A veces me pongo roja y ya.
Liana me observó un segundo y luego asintió muy seria.
—Está bien. Mientras no te pase nada.
Asentí, aliviada de que dejara el tema, aunque el corazón me seguía latiendo a toda velocidad. Aún sentía a Apollo a mi lado, tranquilo e imperturbable, como si no hubiera pasado nada. Por alguna razón, eso lo empeoraba todo.
Tomé el vaso de agua que tenía enfrente y me lo llevé a los labios, como si necesitara aferrarme a algo con desesperación para calmarme.
Rodeé el vaso frío con los dedos mientras Eleanor se dirigía a Apollo con amabilidad.
—Señor Reed, por favor, pruebe la comida —dijo—. Le aseguro que le va a gustar. Todo es casero.
Lo miré por encima del borde del vaso mientras bebía. Fingía que el agua me interesaba más que él, aunque tenía un caos en la cabeza.
Cuanto más intentaba dejar de pensar en ello, más claro lo tenía. Lo de anoche no fue un sueño. No fue un delirio de la fiebre. Apollo de verdad me dijo que me amaba y yo lo escuché muy bien.
Quería convencerme de que tenía que haber otra explicación. Tal vez lo dijo porque estaba enferma, porque me encontraba vulnerable, porque se sentía responsable. Pero cuanto más lo pensaba, más segura estaba de que eso no iba con él. Apollo no decía las cosas a la ligera y mucho menos mentiría sobre algo así.
No tenía motivos para decirlo a menos que lo sintiera de verdad. Comprenderlo me produjo una presión en el pecho que me daba miedo y, a la vez, me reconfortaba.
Apollo me amaba.
Mientras yo seguía absorta en mis pensamientos, él tomó un tenedor, cortó un trozo de salmón al horno sin prisa y se lo llevó a la boca. Todos se fijaron en él. Eleanor, Wyatt e incluso los gemelos se inclinaron un poco hacia delante y lo observaron como si fuera una criatura extraña que veían por primera vez.
Yo también me quedé mirándolo, conteniendo la respiración sin darme cuenta. Por lo que sabía, Apollo apenas comía y, cuando lo hacía, nada parecía gustarle. Había oído a Chase quejarse más de una vez de que ni los platos preparados por chefs de prestigio mundial lograban impresionarlo. Eleanor y Wyatt cocinaban de maravilla. A todo el mundo le encantaba su comida, pero Apollo no era cualquiera.
Masticó despacio, sin dejar entrever qué pensaba, y el silencio en la mesa se volvió incómodo. Cuando por fin tragó y alzó la mirada, noté que Wyatt levantaba un poco una ceja.
—¿Le gustó? —preguntó, tratando de sonar despreocupado.
Apollo hizo una breve pausa y asintió.
—Está delicioso —dijo, y volvió a concentrarse en su plato como si no hubiera pasado nada fuera de lo común.
Eleanor y Wyatt se relajaron y se sonrieron, aliviados y contentos. Yo, en cambio, seguí sentada mirándolo y sonreí un poco.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi