Piper
Tenía clarísimo que, si Katherine Jones quería a Apollo Reed, Grace jamás seguiría siendo un obstáculo para ella. No con el respaldo de la familia Jones.
Miré a Landon, fijándome en la cara hinchada, los moretones, el brazo en cabestrillo y sus temblores de cachorro asustado. Dios, qué patético se veía. Me pregunté por qué seguía con él después de tanto tiempo. Por amor no era, desde luego. Solo lo usaba para llegar más lejos. Apollo nunca me miraba; ni siquiera sabía que existía, así que me conformé con seducir a Landon con la esperanza de que algún día me sirviera de algo.
Cada vez que veía la cara fea de Landon, no podía evitar compararla con la de Apollo. No solo era guapo; tan solo su presencia hacía que cualquier otro hombre pareciera poca cosa, alguien fácil de reemplazar. Maduro, poderoso, seguro de sí mismo; un hombre que sin duda sabía cómo destrozar a una mujer en la cama.
Landon, en cambio, parecía débil, descuidado y pésimo en la cama. La mitad de las veces tenía que fingir gemidos para que no se pusiera a llorar por lo mal que lo hacía.
Grace era una perra con suerte.
Puse los ojos en blanco y lo fulminé con la mirada, sin disimular el asco que me daba. Ya no me servía de nada. No tenía ninguna razón para seguir fingiendo.
—Al menos yo intento idear un plan —dije con brusquedad—. Tú, en cambio, te quedas ahí sentado con ese culo gordo sin hacer nada.
Landon me miró, incrédulo.
—¿...Qué acabas de decirme?
Sonreí con frialdad.
—No estás sordo, ¿verdad? ¿O ya te está afectando la vejez?
Ladeé la cabeza y dejé que el desprecio se notara en cada palabra.
—¿Por qué carajo eres tan inútil? Eres gordo, viejo y ni siquiera eres atractivo. ¿De verdad crees que una mujer como yo se fijaría en ti si no tuvieras algo de dinero e influencia? Si no fuera por eso, ¿para qué demonios perdería el tiempo contigo?
Se quedó boquiabierto. Bien. Porque no había terminado.
—Y esto es lo más gracioso —continué—. Vas por ahí fingiendo que eres un hombre, que puedes conmigo, cuando apenas logras durar más de dos minutos. Cada vez que fingía estar satisfecha, quería estrangularte por hacerme perder el tiempo.
Apretó tanto la mandíbula que creí que se le iba a romper. Pero me incliné hacia él sin mostrar la menor emoción ni interés.
—¿Quieres saber a quién llamaba para que me dejara satisfecha de verdad? ¿Quieres escucharlo?
No respondió. Se limitó a mirarme, rojo de furia y respirando de tal manera que parecía a punto de estallar.
—A Jackson, tu subordinado de confianza. Ese del que tanto presumes. Lo llamaba cada vez que tú me fallabas. Él corregía todos tus patéticos errores.
—¿Sabes qué? Quédate ahí sentado, Landon. Lo nuestro se acabó. Me salvaré sola. De todas formas, eres un inútil. Debí elegir a un hombre mejor, alguien con dinero y contactos de verdad.
Por un momento se quedó mirándome. Luego perdió el control. Golpeó la mesa de metal con tanta fuerza que el estruendo resonó entre las paredes de concreto.
—¡Perra estúpida!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi