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Compláceme, Papi romance Capítulo 109

Grace

Tragué saliva y se me cerró la garganta al mirarlo. Ni siquiera sabía cómo responder a su pregunta. No era mi culpa. Había puesto el vibrador a máxima potencia y sabía exactamente cuándo llevarme al límite con la boca. El experto era él.

Y ni siquiera sabía que podía chorrearme.

Siempre que oía a otras mujeres hablar maravillas de lo que se sentía al chorrearse, pensaba que exageraban. Ese tipo de cosas les pasaba a ellas, no a mí. Sin embargo, ahí estaba yo, todavía temblando por los efectos de algo que jamás creí posible.

—¿Hacemos un experimento? —Su voz grave me sacó de mi aturdimiento. Lo miré a la cara; sus ojos avellana, ahora más oscuros, estaban clavados en mí con una intensidad que apenas me dejaba respirar.

Parpadeé. ¿Por qué me parecía una pregunta tan capciosa y peligrosa? ¿Era porque conocía esa mirada? Sabía reconocer el momento en que perdía el autocontrol, y este era uno de esos momentos.

Apollo tenía los ojos de un depredador.

¿De verdad lo excitaba tanto ver que me chorreara?

Todo mi cuerpo me gritaba que no respondiera, que mantuviera la boca cerrada y no le diera a ese hombre lo que buscaba. Pero mi boca me traicionó y mis labios se movieron antes de que pudiera evitarlo.

—¿Qué experimento? —susurré.

Apollo se inclinó hacia mí; su estatura me obligó a pegarme al asiento, como si estuviera decidido a acorralarme. Tenía la cara a escasos centímetros de la mía y su aliento caliente me rozaba los labios. Deslizó la mano entre mis muslos y me separó aún más las piernas. Jadeé al sentir algo duro contra mí.

Abrí los ojos con asombro. ¿Qué tan duro estaba?

Incluso a través de las capas de su ropa, sentía la dureza de su verga contra mi vagina desnuda y empapada. No estaba dentro de mí, pero estaba ahí, amenazando con entrar a la menor oportunidad. Y sabía que, si se bajaba el cierre del pantalón y empujaba hacia delante, en cuestión de segundos me desharía en gemidos.

Intenté mirar hacia abajo, desesperada por verla, pero su mano subió de golpe y me tomó del mentón para obligarme a sostenerle la mirada. Su firme agarre me recordaba quién tenía el control.

—Veamos si puedo hacer que te corras otra vez, princesa —murmuró—. Pero esta vez con mi pene.

Sus palabras me estremecieron y un deseo desesperado por él me recorrió el cuerpo. El calor se me concentró en el vientre; me temblaban los muslos y me ardía la cara. Ya imaginaba su verga abriéndome en dos, llenándome y cogiéndome hasta dejarme sin poder caminar.

Ay, cómo lo deseaba. Lo deseaba tanto que apenas podía respirar. Mi cuerpo se moría por él. Pero si me quedaba ahí y dejaba que me siguiera cogiendo en ese lugar, todos los que estaban afuera sabrían con exactitud lo que estábamos haciendo.

No tenían por qué enterarse de que acababa de chorrearle la cara a mi jefe.

Aún estaba atrapada en esa batalla entre el deseo y la razón cuando sonó el celular sobre la mesa. El timbre agudo me sacó del trance y giré la mirada hacia el aparato.

Era el suyo, pero Apollo ni siquiera lo miró; mantuvo los ojos fijos en mí.

Tragué saliva. Si le daba permiso a ese hombre para tomarme ahí, sabía que no se detendría hasta quedar satisfecho, y cuando por fin me dejara ir, saldría cojeando como una idiota.

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