Apollo
En cuanto se abrieron las puertas, lo primero que vi fue la mano de Chase.
Todavía sostenía la de Grace y el pecho le subía y bajaba como si acabara de correr un maratón. Suspiró aliviado y hasta tuvo el descaro de sonreír, como si estuviera orgulloso de haberla arrastrado hasta ahí a tiempo para la reunión.
Frunció el ceño y los dedos se le movieron inquietos.
—¿Por qué siento que alguien me fulmina con la mirada? —murmuró entre dientes mientras se rascaba la nuca. Miró por toda la sala hasta que sus ojos se cruzaron con los míos.
Abrió mucho los ojos y soltó la mano de Grace al instante, como si sostenerla un segundo más fuera a costarle la vida.
Hombre listo.
Por eso todavía lo mantenía a mi lado; a pesar de todo, sabía cuándo actuar, cuándo dar un paso atrás y cuándo detenerse antes de cruzar una línea sin retorno.
Grace lo miró parpadeando, confundida, antes de volver la mirada hacia mí. Y en cuanto nuestras miradas se cruzaron, la sala dejó de existir.
Me recosté en el asiento con expresión indiferente, pero mantuve los ojos clavados en ella.
Hacía poco tiempo, ni yo mismo me habría reconocido. Ir a la cafetería de Reed Corporation ya era impropio de mí. Pero comprar aquel vibrador, metérselo y encenderlo mientras ella estaba sentada ahí, rodeada de decenas de empleados, fue una imprudencia y un capricho. Una pérdida de tiempo según mis estándares habituales. Yo no me tomaba tantas molestias solo para ver a alguien retorcerse.
Pero lo hice.
Y, maldita sea, no iba a negar que valió la pena. Valió cada segundo de verla luchar por mantener la compostura; valió saber que, bajo la máscara que llevaba, su cuerpo me pertenecía en ese momento. No era fácil poner esa satisfacción en palabras. Pero me detuve.
Todavía no sabía por qué.
Podría haberlo prolongado. Podría haberla quebrado. Podría haberla visto perder el control, haberla dejado jadear y haber dejado que me suplicara con la mirada que lo apagara. Habría sido tan fácil. Pero entonces vi cómo se encogía sobre sí misma, luchando con desesperación por mantener el control frente a cientos de empleados. Y, por alguna razón, ahí me detuve.
Una de las directoras carraspeó, molesta.
—¿Piensas quedarte ahí parada todo el día? ¿O quieres que esperemos a que te sientes?
Grace apartó la mirada de mí, como si lograra zafarse de una trampa. Se volvió hacia la mujer que había hablado y sacudió la cabeza deprisa.
—P-por supuesto que no. Les pido disculpas por llegar tarde.
Miró a Chase, quien le hizo una seña para que lo siguiera. Ambos ocuparon los asientos de la esquina, detrás de los directores, apartados del centro pero aún visibles. Ella se sentó, muerta de nervios, con la postura rígida.
Me miró otra vez por un instante y luego desvió la mirada. Era inútil, porque no me importaba lo que cualquiera supusiera. Dejé que mi mirada se posara en ella, explorando todo lo que quisiera.


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