El lugar donde iban a comer quedaba cerca de la empresa, era un restaurante elegante pensado para reuniones de negocios de las oficinas cercanas.
El local tenía una decoración moderna, con toques que le daban un aire distinto. Apenas entrabas te topabas con una pequeña montaña artificial, y debajo, un estanque donde nadaban varios peces dorados, moviéndose de un lado a otro.
Todo lucía de primer nivel.
Inés, al ver ese ambiente, no pudo evitar sorprenderse. Discretamente, le jaló la manga a Karina.
—¿A poco la sede tiene tanta lana? Digo, ¿para una comida cualquiera, tienen que venir a un restaurante así de fino?
Karina también se sentía sorprendida. En su cabeza, pensó que irían a un local del centro comercial, tal vez a un lugar de comida variada o donde vendieran brochetas, y con eso bastaba. Jamás imaginó que terminarían en un restaurante de este calibre.
Aun siendo para negocios, este lugar se veía de lujo.
No era que no pudieran pagar algo así, pero la verdad, no era lo más sensato.
Sobre todo porque había mucha gente invitada.
—Ni idea, la neta —respondió Karina, sin saber qué decir.
Inés suspiró y dijo:
—Así es Villa Armonía, pues, todo es diferente aquí.
El jefe de la empresa, Gustavo, solía visitar la sucursal de Laderas de Estrella cuando estaba abierta; al menos iba una vez al mes, a veces hasta cada semana.
Karina, cuando trabajó en esa sucursal, tuvo que platicar varias veces con él. Incluso, fue Gustavo quien la convenció de mudarse a Villa Armonía.
Por eso, no era un completo desconocido para ella.
Gustavo llegó rápido. Todos se levantaron a recibirlo.
Como la comida era principalmente para darle la bienvenida a Karina e Inés, todos se portaron muy atentos con ellas.
Sobre todo Gustavo, que les sonrió y dijo:
—Bienvenidas a la sede, Karina, Inés. Son el orgullo de Laderas de Estrella. Ahora que nos veremos diario, si tienen algún problema en el trabajo o en su vida, pueden contar conmigo. Yo siempre agradezco que los empleados se acerquen a platicar conmigo.
Era tan accesible que hasta las hizo sentirse abrumadas.
Karina e Inés se apresuraron a responder con cortesía, asegurando que trabajarían duro y no decepcionarían la confianza de la empresa.
David, el jefe de departamento, también bromeó:
—Con estas dos bellezas que llegaron, ya subió el nivel de todo el equipo.
—En serio te envidio, siempre te veo tan tranquila, como si nada te afectara.
Así, poco a poco, se soltó la plática.
—No tienes idea, cuando llegaste a la sucursal de Laderas de Estrella, nadie se animaba a hablarte. Entre nosotros te decíamos la reina del hielo, porque parecías distante, como si no te importara nada. Siempre tan tranquila, nunca te veíamos alterada. Todos pensábamos que eras demasiado inalcanzable —recordó Inés.
—Pero ya después, al convivir más contigo, vimos que eres de lo más buena onda, sincera, noble. Nada que ver con la gente que finge de frente pero por la espalda es otra persona.
Karina no esperaba que esa fuera la impresión que tenía la gente de ella.
En realidad, en ese tiempo no era distante, simplemente la familia Reyes la había obligado a regresar a Laderas de Estrella, y por dentro se sentía hundida, sin ganas de hablar con nadie.
Al recordar aquellos días, Karina sintió que el mundo entero la había abandonado; cada jornada era un martirio, todo era oscuridad.
Pero al final, lo superó. Mirando atrás, se dio cuenta de que tampoco era para tanto.
No pudo evitar sonreír.
Inés, al verla sonreír, se quedó embobada.
—Deberías sonreír más seguido. Ni te imaginas lo bonita que te ves cuando sonríes.

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