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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 949

—Fui a ver a una de mis compañeras.

Cecilia aclaró que no se había ido lejos.

Sabiendo el motivo, Martina no hizo más comentarios.

Teresa dudó un momento antes de decirle:

—Cecilia, la próxima vez que salgas, porfa avísanos. Si el instructor llega y no estás, se nos va a armar un problema.

—Está bien —asintió Cecilia sin ninguna intención de armar debate.

Con esa respuesta tan pacífica, Teresa ya no se animó a regañarla más.

Carla y Regina volvieron a llamar a Martina para que les ayudara a doblar las sábanas estilo militar.

A Cecilia también se le acercaron para pedirle apoyo.

Como ella ya había dejado todo impecable antes de salir, se dedicó a guiarlas.

En lugar de hacerles el trabajo como Martina, les explicó paso a paso los trucos para que lo hicieran ellas mismas.

A las dos y diez en punto, los instructores aparecieron en la puerta.

¡Y también venía el mismísimo instructor jefe!

Las risitas de las jóvenes se apagaron como por arte de magia.

—¡Buenas tardes, instructores!

Alguien lo soltó primero, y enseguida se levantó un coro desorganizado pero muy enérgico de las muchachas.

—Buenas tardes —respondió Fabián con semblante serio.

Lionel soltó en tono de burla:

—Oigan, a Francisco y a mí nos ignoran olímpicamente, ¿verdad? Nomás saludan al jefe. ¿Será que es más guapo que nosotros?

—¡No, para nada! ¡Usted y Francisco también son súper guapos! —gritaron varias chicas a la vez.

—¡Sí! Solo que lo guapo lo traen bien escondido —remató otra.

Todas se echaron a reír, intercambiando bromas.

En medio del alboroto, nadie notó que Fabián le hizo un leve movimiento de cabeza a Cecilia a modo de saludo.

El propio Fabián nunca imaginó terminar a cargo del campamento de orientación de las universitarias.

Aunque, como estaba de vacaciones obligatorias y se moría de aburrimiento, dirigir a las novatas le parecía una buena forma de distraerse.

Los mandos superiores, temiendo que se desesperara y cortara su descanso antes de tiempo, prefirieron mandarle algo en qué ocuparse.

En aquellos días, las familias Lara y Carrasco estaban afinando los preparativos de la boda.

No soportaba el trabajo físico y, encima, causaba que a las demás las castigaran en los ejercicios de resistencia.

Casi todo el pelotón tenía una pésima imagen de ella.

Sin embargo, los varones babeaban por la princesita.

Por más problemas que causara, nunca faltaban jóvenes dispuestos a acercarse y ofrecerle ayuda.

Lástima que Macarena llevaba toda la vida rodeada de pretendientes zalameros, así que a estos los ignoraba por completo.

Hay que reconocer que no se había quedado cruzada de brazos, le estaba echando bastantes ganas.

Pero la pobre estaba hecha de cristal; no tenía la condición para soportarlo.

Sí había mejorado mucho, pero a los ojos de las demás seguía siendo insuficiente.

Retrasaba tanto las actividades que las quejas en su salón eran el pan de cada día.

Para Cecilia, en cambio, la situación iba sobre ruedas.

Ella siempre había tenido una condición física de primera, así que los castigos del campamento le daban risa.

Además, se llevaba bastante bien con sus compañeras de cuarto.

Lo único que sí la dejó descolocada fue encontrar a Estella en el lavadero, tallando a mano los tenis de Macarena.

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