Noelia vivía completamente ajena a las carencias del mundo real y no entendía que los jóvenes de familias con pocos recursos solían tener un orgullo mucho mayor que el resto.
Marta se apresuró a detenerla:
—Por favor no lo haga, señora. Recuerde que es compañera de cuarto de la señorita.
—Si le regala ropa, solo va a lograr que se sienta humillada frente a la señorita.
—Eso en lugar de ayudar, terminaría afectando la convivencia entre ellas.
¿Será cierto?
Al pensarlo detenidamente, Noelia se dio cuenta de que la mujer tenía razón.
—Bueno, entonces no le mando nada.
Una vez que Noelia y las demás se fueron, Cecilia miró a Enzo:
—Enzo, ¿por qué no te vas yendo a la casa? Yo me quedo para ir con ellas a la cafetería.
Originalmente, Cecilia sí planeaba regresar, pues ese día el chef de la familia Ortega iba a preparar estofado de cerdo, y le quedaba tan suave y con tanto sabor que a ella le encantaba.
Además, el campamento de integración para los de nuevo ingreso estaba a punto de empezar; quería darse un buen gusto antes de irse para no quedarse con el antojo allá.
Sin embargo, cambió de opinión al enterarse de que su última compañera de cuarto era Estella.
La situación económica de Estella era muy precaria, mientras que Macarena venía de una familia con dinero de sobra; ponerlas juntas era una receta para el desastre.
Sobre todo porque Macarena no parecía tener mucho filtro al hablar.
Las inseguridades de Estella se harían gigantes frente a una niña fresa como ella.
—Está bien, si no vas a regresar, al rato pido para llevar y te lo traigo.
Cecilia aceptó encantada:
—Me parece perfecto, pero traes bastante para compartir con mis compañeras.
—Sin problema —accedió Enzo con naturalidad.
Cecilia volvió a mirar a sus compañeras:
—¿Me harían el honor de cenar conmigo esta noche, guapas?
—¡Claro que sí! —Mireya aceptó sin pensarlo.
Estella también estuvo de acuerdo.
Macarena iba a negarse, pero recordó lo que le había dicho Marta sobre que si no se integraba en la escuela, terminarían haciéndola a un lado.
—Pensaba darme una vuelta por mi casa hoy en la noche... pero bueno, por esta vez te la paso.
Macarena lo dijo con un tono bastante presumido.
Mireya ya estaba ansiosa:
—Ayer no cené en la cafetería porque estaban mis papás, pero hoy sí tengo que probar a fuerza la comida de la Universidad de Viento Claro.
—Cuando vine a inscribirme escuché a unos compañeros decir que estaba buenísima.
Al igual que Cecilia, Estella ya había comido en esa cafetería antes.
Así que sabía de qué nivel era.
La comida en verdad era rica y más barata que afuera.
Perfecta para estudiantes promedio como Estella.
—¡Órale, vámonos! Apúrense, que mi estómago ya está pidiendo auxilio. —Mireya era la más entusiasta cuando se trataba de comer.
Al final se dieron cuenta de que habían subestimado el éxito de la cafetería de la Universidad de Viento Claro.
Ese día casi no había estudiantes comiendo, pero la cantidad de padres de familia compensaba la falta.
¿Acaso había algún padre de familia que no quisiera probar cómo era la comida en la cafetería de tan prestigiosa escuela?
Muchas de las mesas estaban ocupadas por familias enteras.
Cecilia y Estella ya tenían sus credenciales para pagar la comida, y como Mireya había llegado un día antes, también ya había sacado la suya.

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