Entrar Via

Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 907

—¡Ya basta!

Gonzalo se puso del lado de Adriana en ese momento.

—Fátima, creí que eras una muchacha más madura e inteligente. Lo nuestro ya fue, no tiene caso que sigas haciendo tus escenitas. No tiene sentido hacer este alboroto.

—¿O acaso me vas a decir que el arreglo que te di no te fue suficiente?

Esta última frase la soltó con un tono de clara amenaza.

Fátima captó la indirecta al vuelo.

Pero sentía demasiado coraje entripado.

¡Pues claro que lo que le dio no le era suficiente!

Si Gonzalo no hubiera sido tan codo y le hubiera comprado aquel vestido de perlas blancas sin hacer dramas, ella no estaría sintiendo toda esta rabia.

Lástima que él hasta la había tachado de encajosa y ambiciosa, como si no conociera su lugar.

—¡Yo no quise decir eso, Gonzalo! ¡De verdad te quiero!

Fátima mintió con todos los dientes al decir esas palabras.

Ni siquiera ella misma se creía ese cuento, mucho menos se lo tragaría Gonzalo.

—¿De verdad me quieres? —Gonzalo la miró con una sonrisita burlona—. Entonces, ¿ya no te interesan los dos contratos que te conseguí por haber terminado?

Uno era para aparecer en un programa de variedades muy popular y el otro para ser la actriz secundaria en una película muy esperada.

Eran las mejores oportunidades que Fátima había conseguido en toda su carrera.

Si se ponía las pilas y lo hacía bien, podía saltar a la fama de la noche a la mañana.

—Yo... —Por supuesto que Fátima no iba a soltar esos contratos ni loca, no podía darse el lujo de perderlos.

Gonzalo lo sabía perfectamente, así que resopló con frialdad y burla. —Si no vas a renunciar a ellos, entonces déjalo estar.

—¡Ya vete!

—Si sigues de encajosa y te pasas de la raya, las cosas no van a acabar nada bien para ti.

Con las cosas ya en ese punto, Fátima se puso pálida del coraje.

Dio media vuelta para irse furiosa y, justo en ese momento, se topó de frente con Cecilia y sus primos.

Al ver a Cecilia, Fátima sintió que la tierra se la tragaba de la incomodidad y la vergüenza.

—¿Los tres vienen a que les arreglen el cabello?

Davis sonrió con una alegría ingenua: —Así es, tío. Como ya merito entramos a clases, las niñas querían su corte nuevo y a mí me tocó venir a hacerla de su chofer y caballero.

—¿Usted también vino por un corte, tío? —preguntó Davis, echándole un vistazo rápido a la mujer que hace un momento platicaba con Gonzalo.

El muchacho tenía memoria fotográfica. ¡Esa chava era igualita a la mujer con la que su primo Enzo estaba comiendo hace rato!

Sí, las gemelas eran idénticas, pero de todos modos no era tan difícil darse cuenta de quién era quién.

Aunque lo del «arreglo de cabello» de su tío, seguramente no era exactamente lo que uno se imaginaba al entrar a ese lugar.

Gonzalo se frotó la nariz, tratando de ocultar su nerviosismo, y asintió. —Sí, me recomendaron el lugar, dicen que aquí hacen muy buenos estilos.

—Vine a probar suerte.

Davis hizo una cara de comprenderlo todo: —Sí, el lugar la verdad está de lujo. Aunque, con todo respeto, para su tipo de cabeza, creo que lo primero sería checar unos implantes capilares para que de verdad luzca el peinado, ¿no cree?

Gonzalo se quedó mudo. Estuvo a punto de decirle: «Mejor grítame en la cara que estoy pelón y acabamos más rápido».

—De hecho, tío, ni hace falta que se peine ni nada. Mejor cómprese un peluquín directamente, hasta le sale más barato y se ahorra la pena —bromeó Cecilia.

En realidad, Cecilia no le tenía mala fe a su tío político. Después de todo, él y su tía tenían un matrimonio abierto en el que ambos estaban de acuerdo. Era mil veces preferible eso a tener un marido que anduviera poniéndole los cuernos a la esposa en secreto, mientras ella se quedaba en la casa creyendo que tenía un matrimonio perfecto.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana