Entrar Via

Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1880

—Él nunca rompe una promesa —susurró Fabiana, recordando cómo, durante sus años de preparatoria, Enzo jamás le había fallado en nada.

—Está bien. Lo esperaré.

Enzo subió al auto sin mirar atrás.

Valentín se sentó en el asiento del copiloto y se quedó observando el perfil de su hermano mientras arrancaba.

—La chica que estaba llorando... ¿es tu amor platónico de la prepa? —preguntó Valentín, directo al grano.

Desde el asiento trasero, Ceci aguzó el oído, lista para el chisme.

—Sí —murmuró Enzo.

Valentín recordó la época oscura de su hermano. Como el mayor, siempre se preocupó por él, pero cada vez que le preguntaba qué le pasaba, Enzo decía que no era nada. Ahora sabía que todo ese tormento había sido por mal de amores. Al no tener experiencia en esos temas, Valentín no supo cómo ayudarlo, más allá de intentar que mantuviera la mente ocupada.

Cuando terminó la preparatoria, el estado de ánimo de Enzo tocó fondo. Para descargar su frustración, se metió en actividades de alto riesgo: carreras clandestinas, escalada libre, expediciones peligrosas. Si no fuera porque tenía excelentes reflejos y una suerte envidiable, podría haberse matado. Valentín se juró a sí mismo que si algo le pasaba a su hermano, alguien pagaría las consecuencias.

Pero al ver hoy a esa tal Fabiana, Valentín no entendía qué tenía de especial para haber dejado a su hermano al borde de la locura.

—¿Todavía sientes algo por ella? —soltó Valentín.

*No me digas que mi hermano sigue siendo así de débil*, pensó.

Atrás, Ceci pensaba exactamente lo mismo. *Ay, no... si resulta que todavía está enamorado de ella, vamos a tener un problema enorme con las acciones de la empresa.*

El silencio inundó el auto. Enzo se dio cuenta de que tenía a dos jueces esperando su respuesta.

—¡Claro que no! No soy ningún idiota. ¡Tampoco soy tan patético como Máximo! —se defendió Enzo, aprovechando para pisotear la reputación de su amigo.

Valentín lo miró de reojo, con una media sonrisa.

—Sinceramente, los veo igualitos a los dos.

Máximo giró la cabeza para mirar hacia la terraza, donde Frida estaba sentada, escuchando tranquilamente la música en vivo.

—¿Qué más puedo hacer? Ya corté todo contacto con ella —suspiró Máximo, arrastrando las palabras—. Mientras mis padres sigan vivos, yo solo soy un peón en el tablero de Frida. Estoy atado de manos y pies, ya no puedo causar problemas.

Máximo sonaba derrotado, sin la más mínima chispa de rebeldía.

En el pasado, habría peleado con uñas y dientes para evitar ese destino. Pero al parecer, se había dado cuenta de que resistirse era inútil, o peor aún... tal vez había empezado a ver el verdadero encanto de tener a alguien como Frida al mando.

—Estás frito, amigo —confirmó Enzo, dándole la razón.

Máximo lo miró con resentimiento.

—No me cambies el tema. Yo puedo olvidarme de Adriana sin problema; tengo a mis padres respirándome en la nuca y a una prometida de hierro. Pero, ¿tú qué excusa tienes? Tú estabas perdidamente enamorado de Fabiana. ¿De verdad vas a tirar la toalla así de fácil? ¿No te duele perderla?

Máximo admitía que su vida estaba bajo control ajeno, pero no iba a dejar que Enzo se sintiera superior. Si él sufría, su amigo también tenía que sufrir. Al fin y al cabo, para eso estaban los verdaderos amigos, ¿no? En las buenas y en las desgracias sentimentales.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana