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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1877

Máximo sonrió, sintiéndose triunfante.

Desde que se enteró de que la chica por la que Enzo suspiraba en la preparatoria era Fabiana Medina, la barrera entre ambos había desaparecido. Ahora eran amigos, pero eso no impedía que se burlaran mutuamente de sus pésimas elecciones amorosas.

Máximo no toleraba a Fabiana; le parecía demasiado pasiva, casi invisible. Por su parte, Enzo aborrecía a Adriana Medina; no soportaba su actitud de mártir, siempre fingiendo ser la víctima perfecta que nunca rompía un plato, cuando en realidad manipulaba todo a su antojo.

Para Enzo, Adriana era insufrible, pero Máximo se había pasado años defendiéndola a capa y espada.

Ceci observaba la discusión entre Enzo y Máximo con una sonrisa. Era como ver a un par de niños peleando en el patio.

Una vez en la mesa, Ceci ni siquiera tuvo que esforzarse. Valentín, actuando como el hermano mayor perfecto, se encargó de servirle y atenderla en todo. Ceci devoró la comida, borrando de su sistema cualquier rastro de la dieta blanda del hospital.

Aunque comer un guiso humeante en pleno verano no parecía la mejor idea, el aire acondicionado del salón privado estaba a toda potencia, y cerrar la comida con helado fue el toque perfecto. Con la mezcla de sabores intensos y la frescura del postre, Ceci quedó completamente satisfecha. Se reclinó en su silla, con la mirada perdida por el mal del puerco.

—¿Ya no quieres más, Ceci? —preguntó Frida, pasándole un vaso de agua fresca de sandía.

Ceci tomó un sorbo y suspiró.

—Estoy llenísima, creo que me va a dar sueño.

—Descansa un ratito entonces —le dijo Frida con tono maternal, antes de girarse hacia Enzo, cambiando por completo su expresión a una mucho más ejecutiva.

Aunque la excusa de la comida era apoyar el nuevo negocio de Máximo, la verdadera intención de Frida era plantearle una propuesta comercial a Enzo.

Al otro lado de la mesa, Máximo bostezaba. Los temas de negocios lo aburrían mortalmente. Abrir ese restaurante había sido un capricho personal, pero si le pedían que se involucrara en la corporación familiar, prefería quedarse dormido. Era una paradoja andante: capaz de levantar un restaurante exitoso por puro gusto, pero absolutamente alérgico a la empresa que le daría de comer el resto de su vida.

—¿Qué tipo de asociación tienes en mente? —preguntó Enzo, apoyando los codos en la mesa, intrigado.

—Ustedes ponen la fórmula, nosotros ponemos las fábricas y nos encargamos de la producción. ¿Qué te parece?

Frida sabía que Enzo jamás soltaría sus fórmulas así nada más. Sabía también que el verdadero cerebro detrás de CÉ era Ceci, apoyada por un equipo de investigación. Eran brillantes en biotecnología, pero el mundo del cuidado de la piel a nivel masivo todavía les quedaba grande.

El concepto de cosmética medicinal existía desde hacía siglos, pero nadie había logrado masificarlo con calidad real. Si Enzo se negaba, Frida estaba dispuesta a montar su propia línea. Sin embargo, con la tecnología de CÉ respaldándola, el éxito estaría garantizado.

—CÉ ha sacado un par de productos estrella, pero su estructura aún es pequeña —insistió Frida, usando sus mejores dotes de persuasión—. Si nos dejan la producción a nosotros, te aseguro que los márgenes de ganancia que recibirá CÉ serán altísimos. Y lo mejor de todo: ustedes no tendrán que mover un dedo para gestionar el proceso industrial...

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