¿Cecilia?
—Te doy las gracias en nombre de mis futuros hijos —respondió Cecilia, con los ojos cansados. Apenas tenía energía para seguirle el juego a Sara.
—Joven líder, si tiene sueño, duérmase ya —dijo Sara al notar su agotamiento—. Yo me acomodo en el sofá, no pasa nada.
Temía que su preciada joven líder se enfermara por el cansancio. Ella no solo era una doctora brillante, sino que tenía una mente excepcional; no podían permitir que le pasara nada malo.
Pero a Cecilia no le molestaba compartir la cama.
—No duermas en el sofá, hemos pasado por mucho estos días, ¿no estás molida?
—Ve a lavarte los dientes y ven a dormir a la cama.
—Tengo el sueño tranquilo, no te preocupes, no te voy a tirar al piso de una patada.
Sara titubeó.
—Lo que me da miedo es tirarla a usted.
Cecilia pensó que solo estaba bromeando.
Pero la realidad le demostró lo contrario. Sara, que de día parecía una chica dura e independiente, al dormir era más pegajosa que un chicle.
Prácticamente se le colgó encima como un koala. Si Cecilia se movía un centímetro, Sara se movía con ella.
Menos mal que hacía frío, porque de lo contrario, Cecilia habría huido de la habitación.
A la mañana siguiente, cuando Sara despertó, se encontró con la mirada indescifrable de su líder.
Sintiéndose culpable, Sara bajó la cabeza.
—Perdón, joven líder... ¿Tengo muy mal dormir?
Cecilia soltó una risita seca.
—No es tan grave. Aunque, sigo pensando que deberías buscarte un novio en el futuro.
Sara se quedó en silencio.
¿Qué tenía que ver un novio con todo esto?
—No tiene nada que ver, pero al menos así dormirías más abrazada y feliz —explicó Cecilia.

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