Además de su agilidad, el arma de combate que llevaba consigo fue clave; logró asestarle un golpe certero a la criatura.
—Ese monstruo acuático es, sin lugar a dudas, un devorador de hombres. Es extremadamente letal.
Aunque José no le temía a esa clase de aberraciones, no subestimaba el peligro que representaba la bestia.
—El lago está oculto en las entrañas del Monte Nebuloso. Un turista común jamás llegaría hasta ahí. Siendo francos, si no hay necesidad de cruzar, lo mejor es dejar a esa cosa en paz.
¿Y qué pasaba con el hecho de que ya se había cobrado la vida de un soldado mirasiano?
¿Iban a cazarlo por venganza?
Para lograrlo, tendrían que volar la caverna entera con explosivos.
O llevar maquinaria pesada para drenar millones de litros de agua.
Dentro de su elemento, el monstruo era el rey absoluto.
Pero si le quitaban el agua, no sería más que un pez feo y deforme agonizando en el fango.
—Eso es inaceptable. Si vamos a establecer una base operativa aquí, esa bestia se convierte en una amenaza directa para nuestra gente —declaró el director Zúñiga, con el ceño fruncido.
—Entonces será problema de ustedes. A nosotros no nos corresponde lidiar con eso —respondió José, encogiéndose de hombros.
Él solo había dado su opinión profesional.
Además, las fuerzas armadas tenían armamento y recursos de sobra. Aniquilar a un monstruo de estanque no debería ser imposible para ellos.
—Le agradezco la franqueza, camarada José. —El director Zúñiga había escuchado maravillas sobre las habilidades de combate de ese hombre por boca de los soldados de Haroldo.
Por un momento, pasó por su mente pedirle a José que liderara el escuadrón de exterminio, pero rápidamente descartó la idea.
El hombre no era soldado del ejército, su lealtad y su contrato le pertenecían a Cecilia. No tenía ninguna obligación de arriesgar el cuello por ellos.
Y considerando que ya había saltado al agua una vez para salvarle la vida a un militar, exigirle un segundo milagro sería un abuso de confianza.
La actitud indiferente de José dejaba claro que no pensaba volver a mojarse las botas en ese lago.
Al ver que el director Zúñiga no insistió, José soltó un suspiro de alivio imperceptible.
Realmente repudiaba la idea de volver a sumergirse.
Ese lago irradiaba una energía pútrida; hasta el agua se sentía espesa y antinatural.
Cecilia, leyendo los pensamientos de su guardaespaldas, le habló con suavidad para calmarlo:


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