Por supuesto, si tenías suficientes manos, podías pedir comida para alguien más, aunque la mayoría sentía vergüenza de llevar más de dos bandejas.
Cecilia y sus amigas esperaron quince minutos antes de llegar al frente. ¡Y eso que la chica nueva servía a la velocidad de la luz y con precisión milimétrica!
Para cuando fue su turno, las cuatro estaban muertas de hambre. Cecilia al fin pudo ver a la empleada estrella: en efecto, era Amelia.
El pulso de Amelia era de acero. El chico frente a ellas intentó coquetear.
—Hola, preciosa. Me encantan las costillas, ¿me podrías poner un par extra?
Amelia ni siquiera levantó la mirada. Metió el cucharón y sirvió la cantidad exacta, donde la mitad era carne.
Cecilia echó un vistazo; había al menos cuatro trozos grandes. Era una porción más que generosa. Si hubiera estado la señora de antes, seguro habría sacudido el cucharón por accidente para dejar caer la carne y servirle pura papa, dándole un par de huesos de consolación. Y si te quejabas, te decía que si te daba más, los de atrás no alcanzarían.
—¡Gracias, hermosa! —dijo el chico, resignado al ver que no hubo trato especial, pero tampoco lo habían estafado.
Cuando fue el turno de Cecilia, Amelia llenó un cucharón hasta el borde con costillas de cerdo y se las sirvió.
—Estas costillas quedaron muy buenas. ¿Quieres un poco más?
Cecilia negó con la cabeza de inmediato. Ya tenía unos siete trozos en el plato, ¡el doble de lo normal! Si pedía más, prácticamente tendría que pagar doble.
Cuando las demás chicas vieron el plato de Cecilia, se quedaron de piedra.
—Ceci, ¿no decían que la chica nueva era súper imparcial? ¿Por qué te dio más a ti? —reclamó Mireya con falsa indignación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana