Si Beto no tenía problema con eso, entonces sus padres tampoco se opondrían.
Así es, este muchacho era el conocido Beto.
Y su novia se llamaba Pamela Jiménez.
Pamela había llegado al pueblo al segundo día de la reunión familiar; Beto la recogió y la llevó a Villa Ortiz.
Apenas cruzó la puerta, los padres y abuelos de Beto le entregaron cuatro sobres gruesos de bienvenida.
Los padres le dieron seis mil cada uno, y los abuelos le dieron seiscientos cada uno.
Era una cantidad bastante generosa.
La sinceridad de la familia era innegable.
Pamela siempre había creído que la familia de Beto era de bajos recursos y le preocupaba que aceptar ese dinero representara un golpe duro para su economía.
Planeaba devolvérselo a Beto antes de irse.
Para que él se lo regresara a los mayores.
Pero en cuanto mencionó esa idea, Beto se negó rotundamente.
—Amor, no tienes que devolver nada, en mi familia no nos hace falta ese dinero.
—Mis padres iban a darte diez mil uno, para decir que eres una en un millón. Pero luego pensaron que sería mejor darte esa cantidad cuando nos comprometamos oficialmente, para demostrar lo en serio que vamos.
—No te sientas mal por aceptarlo.
—Mis abuelos solo viven aquí en el pueblo, pero siempre reciben sus ganancias del reparto de utilidades.
—Todos los años en las fiestas, el pueblo nos reparte dinero.
—Apenas recibieron sus ganancias, dijeron que querían darte un buen regalo.
—Si lo rechazas, les vas a romper el corazón.
Al escuchar a Beto hablar con tanta seguridad, Pamela ya no supo qué decir.
Pero se sintió aún más conmovida.
Creyó erróneamente que las ganancias anuales de los abuelos eran solo de seiscientos, y que le habían entregado todo su dinero a ella.
Sintió que le sería imposible rechazar a un hombre así.
Ese día, ella tampoco quería asistir a la boda; le daba pena. ¿Quién va a conocer a los suegros y de paso se cuela en la fiesta familiar de unos desconocidos?
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