—Hoy prefiero que no sea en tu casa, encontré un lugar increíble. Es perfecto para relajarse y tiene mucha privacidad.
La sugerencia despertó la curiosidad de Cecilia; quería ver qué clase de sitio había elegido Charlotte.
Resultó ser el mismo spa de masajes exclusivos al que Fiona la había llevado tiempo atrás. Cecilia aún recordaba al masajista estrella del lugar, el número uno. Sus manos eran magia pura y la atención, impecable. Además, no intentaba venderte paquetes extra durante la sesión. ¡Gente así merecía cada centavo que ganaba!
—Me dijeron que este lugar acaba de abrir y ya es la sensación en Viento Claro —comentó Charlotte—. Como casi son fiestas de fin de año y no tenía a quién más invitar, te pedí que me acompañaras a probarlo.
Frente a Cecilia, Charlotte siempre mantenía una actitud dócil y complaciente. Quizás era porque Cecilia era su médico y, por su salud, no le importaba agachar la cabeza.
Cecilia lo tomaba con calma, tratando a todos sus pacientes por igual, a excepción de personas cercanas como don Ezequiel, con quienes tenía un trato distinto.
—De acuerdo —aceptó Cecilia sin rodeos. Ya conocía el servicio del spa y sabía que era excelente.
Charlotte se alegró por su disposición y ambas entraron al lugar de muy buen humor.
Esta vez, Cecilia no tuvo la suerte de que el masajista 88 estuviera disponible. Como el lugar estaba a tope por las fiestas, escogió a otro con buenas reseñas directamente en la pantalla táctil de la recepción. Ahí se veía la foto y la puntuación de cada uno, y Cecilia hizo su elección con total naturalidad.
Charlotte, al venir de Estrellonia —un país donde la vida nocturna masculina estaba muy normalizada, pero donde las mujeres seguían en una posición de sumisión y subordinación, tanto en el trabajo como en casa— se sentía cohibida al tener que elegir a un masajista.
Sin embargo, al ver a Cecilia elegir a un chico sin la menor pizca de pudor, se animó y seleccionó a uno también.


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