Cuando Cecilia notó que Agustín se había quedado dormido, redujo la velocidad a paso de tortuga y condujo con extrema suavidad.
Ni siquiera intentó rebasar a un solo auto en todo el trayecto.
Y ni hablar de las maniobras arriesgadas que había hecho antes.
Se dirigió directamente a la empresa, pues sabía que tras el viaje exprés de la noche anterior, Agustín tenía una junta a primera hora de la mañana.
Al llegar al estacionamiento subterráneo de Grupo Novaterra, estacionó el auto, pero Agustín seguía profundamente dormido.
Dormía con una tranquilidad envidiable; no roncaba en lo absoluto, aunque por la postura incómoda su respiración era un poco pesada.
Sus atractivas facciones lucían mucho más suaves mientras dormía, y aquella intensidad que solía llevar en la mirada había desaparecido por completo.
Cecilia extendió la mano con la intención de masajearle el entrecejo, pero el hombre despertó de golpe, la miró fijamente y le sujetó la mano antes de que pudiera tocarlo.
Sus miradas se cruzaron.
Cecilia se sintió un poco avergonzada.
No lo había hecho a propósito.
Simplemente no pudo contenerse en ese momento.
¡Seguramente había caído ante sus encantos!
—Si te digo que no estaba haciendo nada malo, ¿me creerías? —Cecilia parpadeó, intentando salir del paso.
Agustín apenas acababa de despertar; en sus ojos aún había un rastro de somnolencia, pero brillaban intensamente como las estrellas.
Bajó la vista hacia la mano que sostenía: era delgada y de una tez luminosa.
Luego miró a Cecilia, quien tenía una evidente expresión de culpa. No necesitaba pensarlo mucho; seguro había intentado hacerle alguna travesura mientras dormía.
Pero siendo su pequeña prometida, si solo quería jugarle una broma mientras descansaba, no había forma de que se molestara.
—Mmm, te creo —dijo con una voz ronca que delataba su indulgencia.
Al verlo tan sereno, Cecilia supo que no podía engañarlo y se echó a reír: —Solo vi que fruncías el ceño mientras dormías, pensé que estabas incómodo y quise darte un masaje para relajarte.
Agustín siguió mostrándose permisivo: —Adelante.
Tomó la mano de ella y apoyó sus dedos en su propio entrecejo.
—¿Así está bien?


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