Cecilia no tenía motivos para negarse.
Don Fernando se había ganado su respeto a pulso.
En cuanto a su bola de descendientes, si se atrevían a buscarle pleito, ella no se andaría con rodeos.
Empezando por ese tal Marcelo.
Y hablando del rey de Roma... justo cuando Cecilia salió de la habitación, se topó de frente con él.
—Hola, preciosa, ¿te llamas Cecilia, verdad?
—Yo soy el nieto de Fernando, Marcelo, pero puedes decirme Marce.
Marcelo adoptó una postura que, según él, lo hacía ver irresistible.
Cecilia tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada.
¿De qué alcantarilla había salido este payaso?
—No sé quién eres —respondió en tono cortante.
Teodoro estaba de pie justo a su lado.
El viejo médico tenía miedo de que Cecilia se dejara deslumbrar por el dinero y las apariencias, y cayera en las redes del holgazán de Marcelo.
Sería un desperdicio de talento.
Afortunadamente, los alumnos formados por Rodrigo demostraban tener la cabeza bien puesta.
Además, Teodoro ya le había dejado muy en claro la verdadera naturaleza de la familia Calvo.
Era evidente que Cecilia no iba a darle entrada a Marcelo.
—Pues ya nos estamos conociendo, ¿no? —insistió Marcelo—. Además, tú conoces a mi abuelo. Con que sepas quién es él, es más que suficiente.
Era un cínico de primera.
Cecilia se le quedó viendo fijamente, en completo silencio.
Su mirada fue tan intensa que a Marcelo se le erizó la piel.
—¿Qué tanto me ves? —Era la primera vez que una mujer lo hacía sentir intimidado. ¡Y para colmo, una mujer hermosa! Empezó a ponerse nervioso.
—Solo buscaba a ver si traías pegada en la frente una etiqueta que dijera «Mi abuelo es don Fernando».
Marcelo frunció el ceño, confundido.
—¿Y para qué diablos querría traer eso?
—Doctor Hernández, yo nunca dije que no fuera la doctora de mi abuelo —se defendió Marcelo—. Y con las chicas con las que salgo no tiene nada de malo, todo es de mutuo acuerdo, ¿o no?
—Preciosa, si quieres, tú también puedes jugar conmigo. —Y le lanzó otro guiño a Cecilia.
Ni siquiera sabía cómo se llamaba realmente.
—Lo siento, pero no me interesa conocerte —lo cortó Cecilia, fría como el hielo.
A Marcelo le cerraron la puerta en las narices.
Pero lejos de rendirse, el rechazo pareció encender aún más su terquedad.
No solo lo impulsaba el hecho de que Cecilia fuera muy atractiva, sino que también disfrutaba provocando abiertamente a Teodoro.
Para Marcelo, don Teodoro no era más que un simple empleado de su abuelo.
Era don Fernando quien lo necesitaba, no él. ¿Por qué diablos tenía que soportar sus sermones?
Detestaba profundamente a la gente como el doctor Hernández, siempre dándose aires de superioridad.
—Ay, preciosa, no seas tan cruel. ¿Acaso te da pena porque el doctor Hernández está aquí presente?
—Mira, te dejo mi tarjeta. Me marcas cuando tengas un rato libre.

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