En la mente de Gina, si ella perseguía a Agustín, era por puro amor.
Pero si alguien más intentaba acercarse a él, solo lo hacían por interés.
Si ella lograba estar con Agustín, serían la pareja ideal, el uno para el otro.
Si alguna otra terminaba con él, seguramente era porque él se había dejado enredar por lástima o fastidio.
En su fantasía, ella tenía que ir a rescatar a Agustín de las oportunistas.
Cecilia conocía perfectamente cómo funcionaba la cabeza de ese tipo de personas.
Pura doble moral, ni más ni menos.
—Sí, sí, claro que no, fue el señor Sandoval el que te andaba coqueteando, ¿así o más claro?
A Macarena le daba flojera seguir discutiendo con ella.
Agustín ya venía caminando hacia ellos.
Gina pensó que iba a buscarla, así que, de manera instintiva, enderezó su postura y levantó la barbilla, con un aire de soberbia.
—Agus... —Gina ni siquiera alcanzó a pronunciar su nombre cuando vio que Agustín ya se había detenido frente a Cecilia.
A la vista de todos, él le extendió la mano a Cecilia.
—¿Por qué bajaste? —preguntó Agustín.
Cecilia se tomó de su brazo con total naturalidad:
—Estaba aburrido allá arriba, mi compañera de cuarto me dijo que bajara, y pues bajé.
A los presentes casi se les salen los ojos de las órbitas.
¿De qué se trataba todo esto?
¿Acaso Agustín tenía ondas con la amiga que trajo Macarena?
Tal vez no fuera exactamente eso, pero a simple vista, la relación entre ellos se notaba bastante íntima.
Seguro que ninguna de las mujeres presentes había podido siquiera colgarse del brazo de Agustín de esa manera.
¡Y vean con qué confianza lo hacía ella!
Gina, por su parte, ni siquiera podía mantener la sonrisa en el rostro.
Solo le quedó preguntarle a Macarena:
—Maca, ¿tu amiga ya conocía al señor Sandoval?
Macarena puso los ojos en blanco:
—¡Y yo qué voy a saber! Pero viéndolos así de cerquita, ¿tú crees que acaban de presentarse?
Cecilia era nieta materna de Esteban Ortega, y Agustín era de los Sandoval; ambas familias se conocían de toda la vida, ¿qué de raro tenía que se frecuentaran?
Era muy difícil vivir sabiendo que los demás siempre la verían de menos.
Pero a Gina nunca se le había cruzado por la cabeza la realidad.
Si su abuela no se hubiera casado con Edgar, es probable que la situación de su familia fuera muchísimo peor que la actual.
Habían llegado a donde estaban solo gracias a que Edgar se había hecho cargo de su abuela.
De lo contrario, no sería considerada una joven de sociedad bajo el nombre de la familia González, y jamás en su vida habría podido codearse en esos círculos.
A lo mejor ni siquiera hubiera tenido la oportunidad de cruzarse con Agustín. ¿De qué salto social estaría hablando entonces?
Lo único que Gina quería era disfrutar de los beneficios sin tener que mover un solo dedo.
La reputación de su familia no sería la mejor, pero llevaban una vida llena de lujos y comodidades. A todas luces, habían salido ganando.
Y sin embargo, en ese momento, Gina seguía muerta de envidia por Cecilia.
No lograba entender qué clase de estatus tenía esa tal Ortiz para conocer a Agustín.
Y para colmo, Macarena mantenía la boca bien cerrada, sin soltar ni una sola palabra.
Por su parte, Macarena aún tenía tiempo para burlarse de Germán:
—¿No decías que Agustín no se fijaría en alguien como Cecilia?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana