Gina se quedó muda de nuevo.
Jamás en su vida se había topado con alguien tan directo para hablar.
¿Cómo que su intuición no fallaba?
¿Qué motivos tenía Cecilia para que le cayera mal?
¡Si ella no había hecho absolutamente nada malo!
Así era la lógica de Gina; ella jamás creía que la culpa fuera suya.
—No tengo idea de en qué hice enojar a tu amiga, Macarena.
Al darse cuenta de que no podía contra Cecilia, Gina se volteó para atacar a su prima.
Era más que obvio que quería cargarle todo el muertito a Macarena.
Macarena se encogió de hombros:
—Yo tampoco lo sé, a lo mejor fue cuando andabas queriendo meternos cizaña.
Gina volvió a trabarse.
¿Por qué sentía que esa tonta de Macarena también se había vuelto insoportable y contestona?
—Te juro que no intentaba causar problemas, solo estaba diciendo una realidad.
—Macarena, si de verdad piensas eso de mí, ya no sé cómo hacer que me creas.
Gina seguía insistiendo en que ella no tenía intenciones ocultas.
—Ah, bueno, pues yo también digo la realidad: dime, Gina, ¿te da envidia?
Macarena señaló su propia cara y sonrió con burla:
—Puede que yo no sea tan bonita como Cecilia, pero a mí te falta demasiado para llegarme a los talones.
Gina no supo qué responder. Lo único que Macarena podía presumir en la vida era su cara bonita.
—Nuestros rostros nos los heredan nuestros padres. Macarena, que te expreses así solo demuestra que te falta madurez.
—Acepto que no soy tan hermosa como tú, pero te juro que jamás te he tenido envidia.
—Si porque no soy tan bonita tuviera que envidiarte a ti, ¿entonces tú también estarías muerta de celos por tu amiga, no?
Al final, Gina era bastante astuta para darle la vuelta a los argumentos.
Esa lógica suya no estaba del todo errada.
Macarena resopló con frialdad:
La madre de esa chica solía juntarse con la mamá de Macarena en sus eventos de sociedad.
Si de verdad le iban con ese cuento a su madre, lo más seguro es que Macarena recibiera una muy buena reprimenda en casa.
Sin importar cuánto solapara a su hija en privado, públicamente la señora González tendría que admitir que le había fallado en su educación.
—¿Qué pasó? ¿Como te quedaste sin argumentos vas a llamar refuerzos? —Macarena no dio su brazo a torcer—. Obviamente mi mamá me regañaría. Me diría que no debo ir escupiendo verdades dolorosas por ahí.
¡Con eso último, la chica en cuestión se enfureció muchísimo más!
Porque ella, sin lugar a dudas, era una de las muchachas con el rostro más común de todo ese grupo social.
Era incluso más simple que la propia Gina. Sus padres también se habían casado mediante acuerdos entre dos familias poderosas.
Con el objetivo de multiplicar su dinero, a las familias no les importaba alterar para mal los genes de las próximas generaciones.
En su desesperación por verse mejor, esa misma chica hasta había tomado vuelos a Floridalia para meterse cuchillo en el rostro.
Pero lamentablemente, tras las intervenciones, se había quedado con el típico rostro estirado y falso, por lo que seguía estando a kilómetros de la belleza natural de Macarena.
Por culpa de todo eso, le tenía muchísima más envidia a Macarena que la mismísima Gina.
Cuando había empacado sus maletas para su cirugía en Floridalia, ¡incluso había llevado fotos del rostro de Macarena para que se las mostraran a los doctores!

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