Teresa asintió muy obediente.
—Sí, prima, yo sé.
Los invitados de la familia Hernández comenzaron a llegar uno tras otro, así que Sabrina les indicó a todos que pasaran a tomar asiento.
Nadie volvió a mencionar a Cecilia, pero era inevitable que, en voz baja, todos estuvieran chismeando.
Si el hombre de hace rato no era su novio, ¿entonces quién era?
Pero, teniendo un novio tan guapo, ¿quién se atrevería a ponerle los cuernos?
¿Acaso no le daba miedo que la descubrieran?
Aunque otras pensaban que Cecilia era muy astuta; ¡si ellas tuvieran su belleza y talento, harían exactamente lo mismo!
En cuanto Cecilia y Agustín entraron al elevador, ella lo soltó.
Agustín la miró de reojo.
—Hace un momento me agarrabas del brazo con mucha naturalidad, ¿no? —preguntó él.
Cecilia se quedó sin palabras por un segundo.
—¡Oye, lo hice para quitarte de encima a esa pretendiente! —se justificó—. No me digas que no te diste cuenta de cómo te miraba mi compañera; hasta le brillaban los ojos.
En cuanto a si lo había hecho por motivos personales, ¡por supuesto que no!
¡Y aunque así fuera, jamás lo admitiría!
Simplemente le caía mal Sabrina.
Esa tipa era demasiado hipócrita.
Si de pura casualidad terminaba metiéndose con Agustín, Cecilia se iba a morir del coraje, ¿o no?
Ella siempre actuaba dejándose llevar por lo que sentía.
Y como no le caía bien, mejor se encargaba de quitarle a esa mujer de encima de una vez.
Ya si Agustín quería andar con ella, que la buscara por su cuenta.
A Cecilia le daría exactamente igual.
—¿A poco te molesta que me haya metido? —preguntó Cecilia, y sin dejarlo responder, continuó—: Si iba a ser así, ni me hubiera molestado en ser tan buena onda. ¿O quieres que bajemos ahorita y te la presento bien?
Agustín ya no se aguantó las ganas y le dio un cariñoso toquecito en la frente con el dedo.
—Solo dije una cosa y ya me armaste todo un teatro —se quejó él—. Deja de decir tonterías. ¿No decías que ya ibas tarde? ¿Todavía tienes tiempo para preocuparte por otras personas?
A decir verdad, Agustín ni siquiera se había fijado en cómo era Sabrina. Pero el simple hecho de que Cecilia lo tomara del brazo había sido suficiente para que se le formara una leve sonrisa.
Por supuesto, Davis no le hizo caso y se acercó con una gran sonrisa.
—Cecilia, te preparé este pastelito con mis propias manos. Te juro que esta vez no es de limón.
Cecilia seguía a la defensiva.
—¿Y ahora de qué es?
—Es de maracuyá. Nomás mírale el colorcito y luego pruébale el olor.
Cecilia se asomó con cuidado. El pan tenía un tono amarillento y estaba adornado con unas semillas de maracuyá; la verdad, se veía bastante bonito.
Su apariencia no le pedía nada a los de una repostería profesional, y olía delicioso, con ese toque dulce y acidito tan característico del maracuyá.
A simple vista, no parecía algo difícil de pasar.
¡Pero Davis era un fanático de las bromas pesadas!
—Te quedó muy bien, pero hoy ando mal del estómago para comer cosas ácidas. —Cecilia expresó su rotundo rechazo con todo su cuerpo.
La sonrisa en el rostro de Davis desapareció a la velocidad de la luz.
—No manches, prima, estuve toda la noche preparándolo.

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