Resultó que, después de calmar a la niña, esa noche ni siquiera pudo entrar a la recámara principal.
El señor Tamez, echado de su propio cuarto y sin entender nada, miró a Valeria.
Valeria, temblando, le informó:
—¡Es que Albita dijo que su mamá toma caca!
Rubén: «...»
¡Vaya!
Le tendieron una trampa.
Cosas así pasaban a diario. Cuando la pequeña cumplió dos años y medio, las tres niñeras se redujeron a una.
La maestra de estimulación temprana de Maristela iba a la casa todos los días entre semana.
Rubén le acondicionó un cuarto especial como salón de clases.
A veces, la maestra le enseñaba allí.
A veces, en el jardín.
Las tareas no eran pesadas, pero había que cumplir diario.
El señor Tamez añadió una tarea más a su agenda: revisar la lección del día.
Lo que agradecían los dos es que la niña era un relojito: a las ocho y media la niñera la bañaba y a las nueve ya estaba dormida.
Hasta esa hora, la pareja podía respirar.
Esos años, cada cumpleaños de la niña se celebraba en la Hacienda Maristela.
Los Tamez estaban allá, y como Osvaldo y Luna no podían salir de la ciudad, Rubén y Beatriz siempre llevaban a la niña.
Ese día, cumpleaños.
Sebastián Tamez, que estaba destacamentado en el noroeste, regresó.
El sol y el viento se habían llevado cualquier rastro de inmadurez.
Se veía fuerte, lleno de vigor.
Con un bronceado color canela, se veía muy saludable.
Alba se colgó de Sebastián y no lo soltaba.
Diagnóstico: gastroenteritis por el cambio de agua y clima.
En el hospital, la familia llenó la habitación pediátrica. La niña, pálida como un fantasma, se aferraba al cuello de Rubén sin soltarlo, lloriqueando.
Entre sollozos llamaba: —Papá...
—Me siento mal...
Rubén abrazó más fuerte al bultito que tenía en brazos, con el corazón estrujado.
—Mi vida, te ponen una inyección, duermes un ratito y te vas a sentir mejor.
La niña no quería inyecciones.
Escondió la mano que tenía alrededor del cuello de su padre contra su pecho. La enfermera entró con la jeringa y, al ver la escena, no supo qué hacer.
¡Dios mío! ¡Es la princesa más pequeña de la familia Tamez!
¡No se puede equivocar!
El doctor ni siquiera había hablado cuando la niña lo vio y soltó un alarido desgarrador, tratando de meterse dentro de la camisa de Rubén: —Papá, no...

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina