El amor de los padres por los hijos cambia con el tiempo.
Antes, Rubén jamás creyó en esa frase.
Después, poco a poco, se convirtió en un creyente devoto.
Cuando la niña cumplió dos años y aprendió a correr por todos lados, la cosa se puso interesante.
Ya no se aguantaba en la casa, así que empezó a ir a su empresa a dar órdenes a diestra y siniestra.
Todo Capital Futuro fue devastado por esa pequeña terrorista en pañales.
Por ejemplo: dejaban expedientes perfectamente engargolados sobre el escritorio, y cuando alguien iba a buscar una caja de archivo, ¡zas!, todo el trabajo terminaba regado en el piso.
O por ejemplo, ese día en que de repente le pareció fascinante la impresora y logró que un contrato importante se atascara hasta el fondo.
O peor aún, se pegaba como chicle a los empleados más guapos y se sentaba en sus piernas, negándose a bajar.
Al principio, a Rubén le preocupaba que afectara el trabajo de sus subordinados.
También le preocupaba que dijeran que padre consentidor cría hijos inútiles.
Así que, en cuanto llegaba la pequeña, él, entre engaños y mimos, se la pasaba a Beatriz.
Afortunadamente, el Grupo Mariscal no estaba lejos.
¿Y Beatriz?
Esos años, con la paciencia lijada por la niña, se había vuelto cada vez más explosiva. Ella, que antes rara vez se enojaba, ahora pegaba unos gritos que harían temblar a un león.
Sus regaños se escuchaban desde el piso de arriba hasta la recepción.
Tan enojada que veía estrellitas, terminaba aventándole la niña a Berta.
Berta aguantó unos días, hasta que la pobre mujer terminó en el hospital por agotamiento.
Menos mal que estaba Luciana, que aguantaba vara con las travesuras.
Una madre con anemia y una niña con la energía de un reactor nuclear casi le cuestan media vida a Beatriz.
Pero para Luciana, acostumbrada a desvelarse investigando como buena académica, era pan comido.
—¡Pues nos desvelamos!
—¡Al cabo que ni quería dormir!
—¡Madrugamos y ya!
Luciana podía levantarse a las cuatro de la mañana para llevar a la pequeña a hacer senderismo y ver el amanecer; Beatriz no.
—Señora, mejor tómese ese jarabe de hierbas que le recetaron.
—¡No me lo voy a tomar!
Beatriz puso cara de fuchi.
El asunto venía de hace dos meses.
Ella odiaba los remedios naturales; sabían a rayos, y por más azúcar que le pusieran, seguían sabiendo a rayos.
Bajo la presión del médico, de Rubén y de medio mundo en la casa, por fin se había decidido a tomarlo.
Pero apenas llevaba dos días bebiéndolo, haciendo acopio de valor cada vez que se llevaba la taza a la boca, cuando sucedió.
La niña regresó de jugar en el jardín, la vio con la taza y soltó su primera frase del día:
—¡Mamá! ¡Toma caca!
Ese día, Alba hizo llorar a su madre del coraje.
Cuando el señor Tamez llegó del trabajo, encontró a su esposa con cara larga sentada a la mesa y a la niña en el piso, llorando a todo pulmón.
Sin preguntar qué pasó, su primer instinto fue consolar a su hija.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina