Fue como el sonido de un globo al reventar.
La mano de Beatriz se quedó suspendida en el aire. No reaccionó de inmediato.
Tras unos segundos de desconcierto, intentó levantar las sábanas para ver qué había pasado.
Pero en cuanto se movió, un líquido tibio comenzó a salir de entre sus piernas, un chorro incontrolable.
Era como si se hubiera orinado en la cama.
De repente, el pánico se apoderó de ella.
Su respiración se aceleró.
—Mi amor… —llamó a Rubén, con la voz temblorosa y al borde del llanto, llena de miedo.
Al escuchar su tono quebrado, a Rubén el corazón se le subió a la garganta.
—¿Qué pasa, mi vida? ¿Qué tienes?
—Creo… creo que se me rompió la fuente… —dijo Beatriz, llorando mientras buscaba a tientas el botón del intercomunicador.
—¿Dónde está tu tía? ¡Llama a Valeria y a tu tía por el intercomunicador, rápido!
—¡No llores, no llores, mi amor, tranquila! ¿Sí? El doctor dijo que si se rompía la fuente, podíamos tomarnos nuestro tiempo, no hay prisa. ¡No te asustes, mi vida!
Beatriz estaba aterrorizada.
Pero Rubén lo estaba aún más.
Estaba en Maristela, demasiado lejos para poder ayudar.
Cuando Berta subió, Beatriz ya estaba sollozando. Al verla, rompió a llorar con más fuerza.
—Tía… tengo mucho miedo.
—Tranquila, mi niña, no tengas miedo —dijo Berta, que ya había pasado por esto y mantenía la calma—. Ya vamos al hospital, todo estará bien. Pero por favor, no llores, no te alteres.
Aunque la familia había estado preparándose, cuando el momento finalmente llegó, la angustia era inevitable.
Liam subió corriendo y cargó a Beatriz para bajarla. En la camioneta ya estaba lista la maleta para el hospital.
Solo esperaban el momento para llevarla en cuanto empezara el parto.
Y en el hospital, ya avisados, la estaban esperando.
—Soy yo.
Fue directo al grano.
—El médico dice que Beatriz está muy nerviosa. La espera para la dilatación será dolorosa y angustiante, así que recomienda una cesárea. ¿Qué opinas?
El corazón de Rubén latía desbocado. Al escuchar llorar a Beatriz, había quedado paralizado por el pánico. Si no hubiera sido por Mohamed, que lo sostuvo y llamó al chofer para que lo llevara al aeropuerto, probablemente seguiría en el patio de la casa de su familia, con las piernas temblando de miedo.
Beatriz tenía miedo.
Pero él también.
—Hagan lo que diga el médico. Voy para allá ahora mismo, ¡ahora mismo!
La urgencia en la voz de Rubén era palpable. Deseaba poder teletransportarse al lado de Beatriz en ese mismo instante.
Su esposa estaba a punto de dar a luz, y él estaba atrapado en otra ciudad.
Era demasiado cruel, demasiado injusto para ella.
Sentía que el corazón se le hacía pedazos.

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