Isaac no le hizo caso, siguió mirando a Esteban con una expresión tan distante que se sentía como si el aire se hubiera congelado entre los dos.
—¿De verdad crees que por estar ahora pegado a su lado ya tienes alguna oportunidad?
Esteban levantó su vaso y probó un sorbo de vino, con una calma que rayaba en el descaro.
—No hace falta que el presidente Méndez se preocupe por eso.
—Lo que pase entre Selena y yo, lo arreglamos nosotros.
Isaac soltó una risa desdeñosa, como si acabara de escuchar el mejor chiste de la noche.
Felipe, al ver que el ambiente estaba a punto de explotar otra vez, se apresuró a interponerse entre ellos y levantar las manos.
—¡Ya estuvo, ya! ¡Bájenle dos rayitas!
—Hoy es Día de Muertos, ¿sí? Es una fecha para reunirse, no para armar bronca.
Felipe apoyó una mano sobre el hombro de Isaac y dio unas palmadas en el brazo de Esteban.
—Porfa, háganlo por este hermano, ¿va? Mejor relajémonos todos.
Respiró hondo, sintiendo que acababa de desactivar una bomba.
—Venga, venga, ¡a beber! Hoy hay trago, hoy se goza, ya mañana vemos qué pasa con cada quien.
Isaac apartó la mano de Felipe de un manotazo, alzó su vaso y se terminó el trago de un solo golpe.
El vaso resonó pesadamente sobre la mesa, como si marcara el fin de la tregua.
Su mirada se perdió más allá de la cubierta, hacia la popa del barco.
De allá venían risas y voces de chicas, mezclándose con el viento del mar.
...
Popa del barco.
—¡Ahora verán! Esta noche, el tentempié corre por mi cuenta —presumió Katia mientras se remangaba.
Bruno no tenía caña de pescar en mano, estaba concentrado ayudando a Selena a poner el anzuelo con una destreza de experto.
—Selena, ya quedó listo. Intenta con este.
Le pasó la caña, con el anzuelo bien preparado.
Selena la tomó, distraída, y lanzó el sedal al mar.
La línea surcó el aire y el anzuelo se hundió en la negrura salada del océano.
Bruno se sentó en un banquito junto a Selena, tan cerca que podía ver cómo la luna dibujaba luces suaves en su cara.
—Selena, ¿te acuerdas? Cuando estábamos en el orfanato, nos escapábamos al río de atrás a pescar.
Isaac inhaló profundo, exhaló el humo que se dispersó con el viento marino.
Apretó el cigarro entre los dedos hasta deformarlo.
¿Amigos de la infancia? ¿Crecieron juntos? ¿Compartieron cama?
Isaac apretó la mandíbula tan fuerte que casi crujía.
Le vino a la mente la imagen de Bruno pelando camarones para Selena, ese gesto tan natural y cercano, esa dulzura que parecía imposible de rechazar.
Lo peor era que Selena ni siquiera lo evitó.
Isaac entrecerró los ojos, sin quitarle la vista de encima a la silueta de cabello rosado.
Bruno estaba agachado junto a Selena, casi pegados, conversando en voz baja. Selena incluso soltó una carcajada.
Una risa ligera, verdadera, como si se hubiera quitado un peso de encima.
¿Cuánto tiempo llevaba sin recibir una sonrisa así de ella?
Ya tenía suficiente con Esteban como para que ahora, encima, le apareciera un amigo de la infancia.
Sentía el pecho apretado, como si le estuvieran clavando cuchillos, uno tras otro. Ese dolor no sangraba, pero le carcomía más hondo que cualquier herida visible.
Se le quedó atascado, ahí en el centro, recordándole una y otra vez lo que significa desear algo que nunca logras alcanzar.

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