Irene recibía todos los días un ramo de rosas. En la tarjeta, cada día aparecían frases distintas, pero nunca había un nombre al final.
Al principio, las palabras eran algo melancólicas, pero luego se convirtieron en declaraciones de amor que hacían que sus mejillas se sonrojaran y sus oídos se calentaran.
Eran como las bromas cariñosas de una pareja en plena pasión.
Irene sospechaba que la floristería había cometido un error en la entrega, así que un día interceptó al repartidor.
—¿Usted no es la señorita Irene? —preguntó el mensajero con confianza—. ¡He visto tu foto, no hay duda!
—Entonces, ¿quién las manda? —preguntó Irene, cada vez más intrigada.
¿Será que había ganado tanta popularidad que había atraído la atención de un admirador secreto?
El repartidor sonrió con picardía.
—El remitente no me permitió revelar su identidad, pero me dijo que te tranquilizara, porque él es un hombre.
¿Debería sentirse tranquila Irene porque no era una mujer quien la cortejaba?
—Entonces, por favor, dile que deje de enviarlas.
—Lo siento, pero el remitente ya pagó el servicio de un año completo y no se puede reembolsar.
No sabía si el mensajero estaba contento por el gran pedido que había recibido o conmovido por la insistente manera de enviar flores, pero no podía dejar de sonreír.
Mirando el gran ramo de flores rojas y vibrantes, Irene preguntó:
—¿Cuánto cuesta este ramo?
El repartidor se despidió con un gesto.
—El amor no tiene precio, no hablemos de dinero.
Irene solo quería saber si podía cobrar el valor de las flores, ya que recibir un ramo diario era un desperdicio. Su oficina ya no tenía espacio para ellas y tirarlas sería una lástima.
...
La primera acción de Romeo al regresar a Alquimia Visual fue planear una inversión en la industria del diseño de interiores.
Sin embargo, decidió mantener esto en secreto, manejándolo como un asunto confidencial dentro de la empresa.
Si actuaba abiertamente, podría causar un conflicto con ella.
Así que decidió dejar que Lorenzo se encargara del problema.
Esteban resopló con desdén, despreciando las artimañas de Romeo.
Por una mujer, estaba dispuesto a todo.
—Dime, ¿Irene todavía te quiere?
Había presenciado todo el proceso de Romeo, desde la desesperación hasta su renacimiento.
El futuro de Irene y Romeo era una incógnita que lo inquietaba.
Lo que realmente le interesaba no era el desenlace, sino el camino.
La pregunta de Esteban hizo que Romeo se sumiera en sus pensamientos. Sacó un cigarrillo delgado, lo colocó en sus labios, lo encendió y dio una calada profunda.
—Quiero intentarlo —dijo Esteban, interesado, mientras sacaba su celular y marcaba el número de Irene.

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