Duval estaba de pie junto a Luciano, erguido como una sombra imponente que parecía envolverlo en una falsa sensación de seguridad.
Sin pronunciar palabra, le dirigió una mirada fría y penetrante a Luciano, un gesto autoritario que no necesitaba voz.
Ese simple vistazo bastó para que Luciano, por primera vez, se hundiera en su silla como un niño regañado, con el orgullo hecho trizas y un temblor apenas perceptible en sus manos.
Duval dio un paso adelante, inhalando profundamente para imponerse sobre el caos.
Su voz resonó firme y modulada, la de un hombre acostumbrado a manejar tormentas, consciente de que estaba a punto de perder terreno y decidido a recuperarlo a cualquier precio.
—Su señoría —comenzó con un tono solemne que buscaba imponerse por encima de la agitación de la sala—, mi cliente ha sido víctima de una campaña de difamación cuidadosamente orquestada. Es evidente que los videos y audios presentados por la contraparte han sido fabricados con el único fin de manchar su reputación y destruir el vínculo más sagrado que existe. El de un padre con sus hijos —expresó mientras extendía un brazo hacia Luciano, en un gesto casi protector.
Luciano lo miró de reojo, intentando recuperar su aire de superioridad. Inspiró hondo y se acomodó en su silla con un movimiento lento, casi ensayado, tratando de proyectar calma y control, aunque por dentro hervía de ira y pánico.
Desde su asiento, Margot esbozó una sonrisa cargada de satisfacción, como si ya pudiera saborear la victoria antes de tiempo, aferrándose a la esperanza de que todo el plan funcionara.
Confiaba ciegamente en Duval.
—La señora Catalina Delcourt —continuó Duval, girándose hacia ella con una expresión de fingida lástima y condescendencia—, debido a su historial de inestabilidad mental y a sus múltiples tratamientos en el hospital Saint-Rémy, representa un riesgo latente para sus propios hijos, hay pruebas de eso. Por lo tanto, solicitamos que este tribunal otorgue la custodia total y permanente al señor Luciano Moreau, quien ha demostrado ser un padre estable, protector y dispuesto a sacrificarlo todo por su bienestar —concluyó, inclinando la cabeza con teatral solemnidad.
Un murmullo se extendió como pólvora por la sala.
Los periodistas se inclinaron hacia adelante, hambrientos de titulares, mientras algunos asistentes intercambiaban miradas cargadas de prejuicio.
Otros no podían apartar los ojos de Catalina, intentando descifrar si aquella mujer elegante y serena podía ser realmente la madre peligrosa que describían.
Catalina permaneció inmóvil, su rostro una máscara impenetrable que no dejaba entrever la tormenta que rugía en su interior.
No parpadeó ni una sola vez, aunque por dentro su corazón latía con fuerza, como un tambor de guerra que resonaba en sus oídos.
Se negaba a darle a Luciano y a su abogado el placer de verla alterada.
Había aprendido a soportar el veneno con la misma calma con la que se bebe un vino añejo: sin temblar, sin flaquear, con una frialdad que ahora era su mejor arma.
El juez miró a Étienne, indicándole con un leve movimiento de cabeza que era su turno.
En ese instante, la atmósfera de la sala cambió, como si una nueva energía se hubiera encendido.
Étienne se puso de pie con la seguridad de un hombre que no solo defendía a su clienta, sino también la verdad misma, y avanzó unos pasos que resonaron en el silencio expectante.
—Su señoría. Lo que mi colega llama "pruebas" no es más que la última jugada desesperada de una defensa que se tambalea —declaró con una mezcla de indignación y convicción, su mirada fija en Duval como un desafío abierto.
Luciano se removió incómodo en su asiento, tragando saliva mientras sentía cómo la confianza se le escapaba.
Después de ver que ellos tenían aquel audio y el video original, ya no sabía qué esperar.
Margot dejó de sonreír y un ligero temblor en su párpado reveló la tensión que intentaba ocultar detrás de su fachada de hielo.
—Aquí —prosiguió Étienne, levantando un dossier grueso que parecía contener el peso de la justicia— se encuentra la evidencia certificada de que el video que hemos presentado es real y de que el que ellos mostraron fue editado con alevosía para incriminar a mi clienta. Pero no nos quedaremos ahí —añadió, dejando el dossier sobre la mesa con un golpe seco que resonó en toda la sala, provocando un sobresalto general—. También demostraremos que la supuesta "inestabilidad mental" de la señora Delcourt fue fabricada de manera deliberada.

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