En la mansión Delcourt, el ambiente era como una olla a presión a punto de estallar.
Luciano estaba en el centro de ese huracán, desmoronándose bajo la máscara de perfección que siempre había mostrado al mundo. Bebía whisky a las nueve de la mañana con la desesperación de un hombre que intenta sofocar un incendio con gasolina.
El cristal de la copa tintineaba cada vez que la dejaba sobre la mesa, solo para volver a alzarla segundos después, buscando ahogar en alcohol la furia que lo devoraba por dentro, aunque el ardor en su garganta no lograba apagar el fuego de su rabia.
Adeline estaba sentada en un sofá, con las manos entrelazadas y la expresión tensa, mientras Margot, erguida y fría como siempre, intentaba mantener la compostura.
Ellas eran el único hilo de cordura en esa habitación, pero ni juntas podían detener el torrente descontrolado de Luciano, que parecía una fiera herida.
—¡Ella no puede ganar! —rugió de pronto, golpeando la mesa con tal violencia que la copa se volcó, esparciendo el whisky sobre documentos y fotografías de sus hijos, como si incluso el licor compartiera su furia—. ¡No después de todo lo que hice para controlar esta narrativa! ¡No después de todo el poder que invertí!
Margot respiró hondo antes de responder, conteniendo la ansiedad que le presionaba el pecho. Su voz gélida y calculada buscó convertirse en el ancla que estabilizara la tormenta que se cernía sobre ellos, proyectando una calma que no sentía en lo más profundo.
—Por eso contratamos a Duval. Él es el mejor en casos mediáticos, el divorcio saldrá a tu favor. Catalina no tiene la fuerza para sostener esto ante la prensa ni ante el juez.
Luciano se detuvo en seco mirándola con desesperación. Intentaba convencerse de que ella tenía razón, de que aún conservaba el control, pero la sola idea de perderlo todo lo estaba enloqueciendo más.
—Hoy la hundiremos —aseguró, su voz temblando de rabia contenida y de miedo—. Hoy el mundo verá que Catalina es inestable y peligrosa. Nadie me quitará a mis hijos. Nadie.
En un rincón casi invisible, estaba Sara de pie, con las manos entrelazadas sobre su regazo, su rostro proyectaba serenidad y apoyo, la imagen perfecta de una mujer leal.
Pero por dentro, Sara era un volcán a punto de hacer erupción.
Cada palabra de Luciano la quemaba como ácido, cada mentira sobre Catalina era una herida abierta que la desgarraba.
"Subestímala, Luciano… Hoy te vas a estrellar contra la verdad, y yo disfrutaré de verlo."
...
Catalina mantenía la vista fija en la ventanilla.
Las calles de París pasaban ante sus ojos como una secuencia borrosa. Todo parecía ajeno, indiferente a la tormenta que rugía dentro de ella y que la asfixiaba lentamente.
Julián, con el rostro severo, mantenía ambas manos firmes en el volante.
De vez en cuando la miraba de reojo, asegurándose de que seguía entera, aunque sabía que por dentro estaba hecha un caos.
Cuando el tribunal apareció a lo lejos, imponente y solemne, Catalina sintió que el aire se volvía más denso, como si de pronto cargara todo el peso de su pasado sobre los hombros.
Era como caminar hacia la boca de un monstruo.
—Respira —susurró Julián, deteniendo el auto frente a la multitud que los esperaba—. Ellos no te conocen, Caty. No les debes nada, más bien ellos te deben todo a ti —añadió con voz grave, intentando transmitirle calma.
Catalina cerró los ojos por un segundo, inhaló profundamente y, al abrirlos, ya no era la mujer herida que él había rescatado tiempo atrás.
Era una madre en guerra, una heredera lista para recuperar su nombre y su dignidad, una mujer que había sobrevivido a las mentiras y que ahora se erguía con fuerza.
Pero admitía que sin él nada de eso fuera posible.
—Hoy dejo de ser prisionera, Julián —murmuró con voz firme—. Pase lo que pase, hoy vuelvo a ser Catalina Delcourt.
Catalina sintió un escalofrío recorrerle la espalda, su corazón palpitaba con fuerza mientras pensaba en sus hijos, en todo lo que estaba en juego y en cómo cada paso que daba la acercaba a la verdad.
La mezcla de miedo, rabia y esperanza se agolpaba en su pecho, pero se obligó a mantener la calma, recordando que no podía mostrar debilidad frente a la multitud que la esperaba fuera.
Se dijo a sí misma que estaba lista, que no se permitiría caer y que lucharía por sus pequeños hasta el final.
Cueste lo que cueste.
—Pase lo que pase, no estarás sola —respondió él mirándola con esa mezcla de orgullo y amor que lo delataba. —Estaré esperándote.
Catalina asintió con un leve temblor en sus labios, luego abrió la puerta y descendió lentamente, sintiendo el peso de todas las miradas sobre ella.
Los gritos de los reporteros la golpearon como una ola salvaje que intentaba arrastrarla y destruirla, haciéndole contener la respiración por un instante antes de recuperar la compostura y seguir avanzando.
—¡Catalina! ¿Es cierto que intentó atacar a sus hijos?
—¡Catalina, mírenos! ¿Qué tiene que decir sobre el video?
—¿Es usted una madre peligrosa?!
Los flashes la cegaban, las preguntas eran cuchillos lanzados al aire, pero Catalina avanzó sin responder, con la cabeza erguida y la espalda recta.
No era una acusada entrando al tribunal, era una reina marchando al campo de batalla.
La sala estaba abarrotada.
Cada asiento ocupado, cada rincón invadido por la prensa y los curiosos.
El murmullo era ensordecedor, un enjambre de susurros y clics de cámaras, pero cuando Catalina entró, el silencio cayó de golpe.
Todos los ojos se giraron hacia ella, algunos con morbo, otros con desprecio, unos pocos con respeto y esperanza.
Al otro lado, Luciano se levantó con teatralidad, interpretando el papel de padre dolido a la perfección. Se ajustó el saco, fingió una sonrisa cálida y miró a Catalina con la falsa preocupación de un mártir que finge sufrir.
Catalina no le dedicó ni una mirada.
Caminó con paso firme hacia su lugar junto a Étienne, su abogado, recordando las palabras de Julián:
"No respondas a sus provocaciones. Recuerda quién eres."
Se sentó con la serenidad de quien sabe que la verdad está de su lado, casi de inmediato el juez entró y la audiencia comenzó.
El juez carraspeó suavemente, mirando a ambos lados de la sala antes de hablar.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ahora mando yo, exmarido.