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Ahora mando yo, exmarido. romance Capítulo 16

Sara despertó sobresaltada, con el cuerpo frío y los pensamientos atrapados en una maraña interminable de dolor y decepción, porque no fue un mal sueño lo que la arrancó del descanso, sino la cruda realidad que la envolvía como un peso invisible.

Había pasado la noche entera dándose vueltas en la cama, incapaz de encontrar alivio, atormentada por una pregunta que ya conocía demasiado bien: ¿por qué Luciano no la había elegido una vez más? ¿Acaso no la amaba en realidad? ¿Por qué siempre la escogía a ella?

Cada recuerdo de la gala se repetía en su mente como un castigo cruel, ya que el momento exacto en que él, sin la menor duda, había abandonado la gala junto a Catalina frente a todos, mostrándose a su lado como si fuera la única mujer que importaba en su mundo, era una imagen imposible de borrar.

No importaban las promesas ni las noches compartidas, porque el mismo patrón, la misma humillación que Sara conocía demasiado bien, se repetía una vez más.

Ella, una vez más, relegada a las sombras de un amor que nunca había sido realmente suyo.

"Es su esposa, tú no vales nada para él."

El corazón le pesaba mientras el aire del dormitorio parecía demasiado espeso para respirar, por lo que cerró los ojos intentando detener el flujo de pensamientos, sin embargo, la imagen de Luciano siguiendo a Catalina ardía tras sus párpados como brasas encendidas.

¿Por qué seguía esperando algo distinto?

El sonido repentino del móvil vibrando sobre la mesilla la arrancó de ese espiral de pensamientos, porque Sara apenas logró extender la mano con dedos temblorosos.

Miró la pantalla iluminada y, al ver el nombre de Julián Moreau, sus labios esbozaron una sonrisa amarga y casi involuntaria, ya que recordó a su viejo amigo, su inesperado refugio la noche anterior.

Recordó cómo Julián, con su presencia serena, se había convertido en un ancla en medio del naufragio emocional que había vivido durante la gala, recordando esas palabras que habían resonado en su mente mucho después de que él las pronunciara, y que por poco lo olvida.

"Vales más de lo que te permites creer, Sara. No deberías permitir que Luciano siga pisoteándote."

Su corazón latió más despacio por un momento, al recordar que Julián, su viejo amigo, había estado allí para ella cuando más lo necesitaba, como aquella vez, tantos años atrás, cuando su padre murió y él había sido el único que la sostuvo en pie, y ahora, su mensaje era otra llamada a despertar.

Titubeó antes de abrirlo, pero no se atrevió a ignorarlo.

"¿No te causa curiosidad saber por qué Catalina, de un día para otro, fue declarada loca? —J.M."

Sara se quedó inmóvil, porque ese mensaje había sido el primero, así sin ni siquiera saludar.

No respondió, porque no quería responder, ya que estaba demasiado agotada, aunque minutos después, cuando el móvil vibró nuevamente, llegó otro mensaje, uno que, sin importar cuánto se esforzara o cuántas veces intentara convencer a su mente de ignorarlo, no pudo dejar pasar:

"Luciano no es lo que aparenta, Sara. Si alguna vez te causa siquiera una pizca de curiosidad... busca en su despacho cualquier documento que lleve el apellido Delcourt. —J.M."

Sara bloqueó el móvil, como si eso bastara para cerrar el pensamiento, pero no lo logró, porque ese "Luciano no es lo que aparenta" se repetía en su mente como un eco persistente y cruel.

Por más que trató de convencerse de que Julián solo intentaba manipularla, que todo era una estrategia para enfrentarla con el único hombre que, según ella, había permanecido a su lado, no logró acallar el nudo creciente en su estómago, preguntándose si Julián tenía razón, preguntándose si la verdad sería aún más dolorosa que las mentiras en las que se refugiaba.

El amanecer aún no asomaba del todo cuando Sara tomó su decisión.

Horas más tarde, cuando la ciudad aún bostezaba bajo el frío matinal, ella ya se encontraba frente a la sede del Grupo Moreau.

Había llegado allí con el corazón atrapado entre la traición y el autoengaño, sintiendo con cada paso que lo que estaba a punto de hacer sellaría algo dentro de sí, porque, en el fondo, lo presentía.

Si estaba allí, si había entrado a ese edificio vacío a esa hora impensada, era porque una parte de ella ya no confiaba en Luciano.

Al cruzar los pasillos desiertos, nadie le preguntó nada y nadie la detuvo, ya que los guardias estaban acostumbrados a verla entrar y salir de aquella oficina.

Después de todo, era la "prometida" de Luciano Moreau.

O al menos, eso era lo que Luciano le hacía creer.

Se detuvo frente a la puerta del despacho mientras sus dedos rozaban el pomo helado, percibiendo cómo el frío del metal se le clavaba en la piel, y aunque cerró los ojos por un instante buscando el valor que sentía desvanecerse, finalmente tomó aire de manera lenta, forzándose a girar el pomo y empujando la puerta con pasos temblorosos pero inevitables hacia el interior.

El día anterior, Luciano había destrozado todo en un arranque de ira, lanzando papeles, volteando sillas y rompiendo lo que encontraba a su paso, sin embargo, alguien había limpiado el caos con precisión quirúrgica. Cada objeto estaba en su lugar, cada superficie brillaba como si nada hubiera ocurrido.

Cerró la puerta tras de sí, y el sonido fue como un disparo seco en el silencio. Sus manos temblaban mientras se acercaba al escritorio, y abrió las gavetas una a una, buscando entre carpetas, documentos que apenas lograba leer, sin saber qué buscaba exactamente y sintiendo cómo esa ignorancia la desesperaba aún más.

—¿Qué estás haciendo, Sara?

Estaba a punto de rendirse, convencida de que Julián solo la había usado, cuando el recuerdo la golpeó como un relámpago en mitad de la tormenta.

La caja fuerte.

La caja fuerte escondida detrás del cuadro, la misma cuya combinación conocía desde hacía meses, cuando Luciano le había confiado el código sin pensar demasiado.

Retiró el cuadro con manos temblorosas y marcó la combinación, rezando en silencio para no equivocarse. El clic de la cerradura fue un grito en mitad del amanecer.

Abrió la puerta de acero y encontró cosas que parecían de valor.

Dinero. Carpetas. Cajas pequeñas. Joyas. Oro.

Sus ojos se clavaron en una carpeta negra de cuero colocada exactamente en el centro muy diferente a todas las demás. La sostuvo como quien sostiene el destino, mientras sus manos sudaban.

La abrió.

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