Catalina abrió los ojos mucho antes de que el amanecer tiñera la mansión Delcourt, mientras la casa entera dormía sumida en ese silencio espeso y casi irrespirable que solo el peso de los secretos podía garantizar.
No había ruidos ni voces ni pasos en los corredores, porque todo parecía estático, suspendido en el tiempo, y sin embargo, su corazón latía con fuerza desbordada, como si intentara recordarle que aún estaba viva.
Esa mañana, no quería ser Catalina Delcourt, ni la empresaria que el mundo observaba con ojos calculadores ni la heredera que luchaba a solas por reconstruir un imperio familiar desmoronado, sino que esa mañana, más que ninguna otra, solo deseaba ser madre, una madre rota, pero madre al fin.
Se levantó despacio, cuidando de no encender las luces y permitiendo que la penumbra la envolviera mientras caminaba descalza por los pasillos infinitos de la mansión, como si el frío del mármol pudiera calmar el incendio de ansiedad que sentía ardiendo en su pecho.
Su plan era simple, aunque desgarrador a la vez, porque consistía en ver a sus hijos dormidos, verlos en paz, ya que mientras dormían no podían rechazarla y solo así evitaba enfrentarse a sus miradas llenas de miedo y a sus voces que la desgarraban más que cualquier traición.
"Monstruo", "Loca", esas palabras resonaban en su mente, porque eran niños y no tenían la culpa, solo eran pequeños atrapados en la red de mentiras que los adultos habían tejido a su alrededor, habían escuchado demasiado y visto aún más, y, sin embargo, cada vez que esos insultos pronunciados con voces diminutas se repetían en su memoria, sentía cómo cada sílaba se le clavaba como un cuchillo en la piel.
Por eso necesitaba verlos dormidos, porque dormidos seguían siendo suyos y dormidos no podían odiarla.
Cuando llegó a la puerta de la habitación donde dormían sus hijos, su camino se interrumpió, ya que allí estaba Giselle, la niñera, firme, seria y leal, pero atada a las órdenes de Luciano.
—Señora Delcourt... —susurró Giselle con incomodidad, con su cuerpo delgado aunque decidido bloqueando la entrada, mientras su mirada evitaba encontrarse con la de Catalina, consciente del dilema que libraba entre la obediencia y la compasión.
Catalina no se detuvo y la miró directamente a los ojos, no como la figura que ahora temían, sino como una madre desgarrada cuya voz se rompió al pronunciar las palabras.
—Déjame pasar, por favor —rogó Catalina, y su voz tembló como una cuerda rota, mientras sus ojos se llenaban de una súplica muda que ninguna madre podría ocultar.
—Su esposo dijo que... —intentó replicar la niñera, aunque su voz se apagó al ver el rostro vencido de Catalina, quien sostenía su mirada con una mezcla de dignidad y desesperación.
—Giselle, ponte en mi lugar —la interrumpió Catalina, aferrándose a lo último que le quedaba, la esperanza—, son mis hijos, no voy a despertarlos ni a causarles daño, solo necesito verlos... solo necesito estar con ellos unos minutos... por favor —imploró, mientras una lágrima solitaria le descendía por la mejilla, cristalizando el peso de su súplica.
Hubo un silencio tenso, un instante en el que el corazón de Catalina se detuvo esperando la respuesta, porque en ese tono quebrado, Giselle entendió algo que las órdenes de Luciano no podían borrar y bajó la mirada, vencida por la humanidad del momento.
—Solo un momento —murmuró la niñera en voz baja, cediendo al fin, mientras apartaba la mirada incapaz de sostener el dolor reflejado en los ojos de Catalina—, pero que sea breve... antes de que alguien despierte —añadió, como si intentara protegerlas a ambas con esa advertencia.
Catalina asintió agradecida, exhalando un suspiro contenido, y empujó la puerta con lentitud, como si el miedo mismo le pesara más que el aire que respiraba.
Dentro de la habitación, el aroma cálido de la infancia la envolvió de golpe, tan fuerte que le robó el aliento, mientras Elian y Lana dormían profundamente, acurrucados bajo las sábanas, pequeños, vulnerables, ajenos a la guerra cruel que se libraba fuera de esas paredes.
Se acercó conteniendo el aire, como si cada paso pudiera romper la paz, y se arrodilló junto a la cama de Lana primero, porque su hija, con el cabello enredado y el puño cerrado contra el pecho como si protegiera un secreto invisible, dormía con la respiración suave.
Catalina estiró la mano y con una caricia apenas perceptible rozó la frente de su hija con las yemas de los dedos.
—Hola, hija. Te extrañé tanto. Mamá está de vuelta, te prometo que te voy a recuperar —susurró, y su voz quebrada traicionó la fuerza de sus palabras—, no voy a alejarme otra vez, no me importa lo que digan, no me importa lo que crean, voy a quedarme con ustedes, siempre.
Las lágrimas empezaron a descender por sus mejillas sin sonido, un llanto silencioso que no osaba quebrar la serenidad de ese momento, y luego de dejar un beso largo en su frente, se acercó a Elian, su pequeño, quien dormía boca abajo, con el cabello revuelto y la respiración profunda y pausada.

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