Jimena, además de haber sido una pieza clave en el laboratorio, solía ser la asistente personal de Enzo. Desde que él le prohibió la entrada a la empresa, aún no habían encontrado a alguien capaz de llenar sus zapatos. Por eso, Enzo tenía que encargarse personalmente de muchas cosas, mientras que las tareas administrativas recaían en el departamento de secretaría. Es decir, sin la autorización de las secretarias, Jimena no podía entrar, y mucho menos llegar al cuarto piso.
Al escuchar el tono helado de Enzo, la secretaria de turno palideció y se apresuró a explicar:
—Director Jara, como vi que era la señorita Sosa, pensé que...
—La regla de oro de la empresa es que cualquier persona externa debe tener una cita o anunciarse. Solo entran con autorización. Eres la secretaria de la presidencia, ¿de verdad necesito recordártelo? —la voz de Enzo cortaba como el hielo. Y para empeorar las cosas, estaba exhibiendo la falta de profesionalismo de Tecnologías Heraldo frente al director de Intelectra y el equipo del instituto.
¡Lo peor de todo era que Gabriela Aranda estaba ahí!
Para Enzo, Jimena había sido la gota que derramó el vaso y llevó a Gabriela a exigir el divorcio.
La secretaria, por supuesto, conocía las reglas, ¡pero se trataba de Jimena Sosa! Ella no era cualquier persona; su estatus en Tecnologías Heraldo había sido altísimo. Hasta los altos directivos la llamaban "señorita Sosa" con respeto. Y ahora, para colmo, se había convertido en la esposa del director Jara.
Los empleados no conocían los detalles oscuros de ese matrimonio. Solo sabían que el director se había divorciado de su exesposa por ella, y que tras la boda, Jimena se había dedicado al hogar, preparándole comida con sus propias manos.
¡Cómo iban a atreverse a negarle la entrada!
Nunca imaginaron que el director Jara reaccionaría así al verla. Antes, siempre la trataba con una dulzura envidiable.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera