Enzo no podía apartar los ojos de ella, y sin darse cuenta, apresuró el paso para acortar la distancia.
—Gabi...
Gabriela detuvo su marcha de golpe y lo fulminó con la mirada, frunciendo el ceño.
¿Qué se creía este tipo, llamándola así en medio de una auditoría oficial?
El ambiente se tensó de inmediato. Todos los presentes intercambiaron miradas incómodas al escuchar la familiaridad con la que el jefe de Heraldo se había dirigido a la líder del proyecto.
Camilo Cortés fue el primero en romper el hielo, alzando una ceja.
—Director Jara, ¿usted y la Directora Aranda se conocen de antes?
¿Tenían historia?
La última vez que Camilo los vio juntos fue en el torneo de ajedrez organizado por el padre de Enzo. En aquel entonces ya había sospechado que había algo más entre ellos, pero no era el momento para indagar.
Ahora, al escuchar cómo la llamaba por su nombre de cariño frente a todo el mundo, sus sospechas se confirmaban.
Antes de que Enzo pudiera inventar una excusa, la voz de Gabriela cortó el aire como un cuchillo.
—Director Jara, le sugiero que cuide sus modales. Si su empresa no está preparada para recibir la inspección del instituto, cancelaremos la firma del contrato y reevaluaremos de inmediato sus credenciales.
El tono gélido e implacable de la mujer hizo que a más de uno se le bajara la presión.
El equipo de Intelectra, con Camilo a la cabeza, lanzó dagas con la mirada a Enzo.
No podían permitir que este negocio se viniera abajo; los inversionistas se los comerían vivos.
Detrás de Enzo, los ingenieros y ejecutivos de Tecnologías Heraldo estaban al borde del infarto. Miraban a su jefe con desesperación y pánico.

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