—Mi destino siempre ha sido miserable. Me quedé huérfana de pequeña, enviudé muy joven, luego mi hija mayor se casó lejos y se alejó de mí... y al final, perdí a mi único hijo. —Doña Lola Guzmán comenzó a llorar mientras hablaba—. En toda mi vida, nunca he tenido en quién apoyarme. He tenido que sobrevivir tropezando paso a paso.
—Por eso, cuando me avisaron que fuera a Puerto Serena a recoger el cuerpo de mi hijo Rogelio, y vi a Mila en su casa, fui egoísta. Quería tener a alguien que me cuidara en la vejez, y vi en ella mi única salvación. —Se sorbió la nariz y se limpió las lágrimas y los mocos con el dorso de la mano.
—¡En ese entonces solo era una bebé! ¡Y ahora apenas tiene seis años! —Como madre, a Gabriela le resultaba imposible sentir empatía por las excusas de la anciana.
—Lo sé. Pero yo fui quien la crio, eso no lo puedes negar —le reclamó Doña Lola con cierta agitación—. Cuando la encontré en la casa de Rogelio, estaba tirada como un gatito enfermo, ni siquiera tenía fuerzas para llorar. Si yo no le hubiera dado agua, se habría muerto ahí mismo.
Gabriela apretó los puños. Su odio hacia Valentina Jara y Viviana Yáñez se hizo aún más profundo.
—No te cuento esto para que me tengas lástima. Sé que cometí un error. Sabía perfectamente que esa niña no era mi nieta y aun así me la traje. Y para colmo, no la cuidé bien; solo pensaba en que creciera rápido para que me mantuviera. Sé que merezco lo peor por haberte separado de tu hija.
La actitud de Doña Lola era sincera, pero Gabriela no había ido hasta ahí para escuchar sus lamentos.
—Ve al grano.
Doña Lola levantó la mirada, aún con lágrimas en los ojos.
—Lo que quiero decirte es que toda la culpa es mía y de mi difunto hijo. Rogelio se dedicaba a vender gente, merecía morir y ya está muerto. Yo fui egoísta al robarme a una niña ajena y maltratarla, y ahora estoy pagando las consecuencias. Pero mi hija Inés no tiene la culpa de nada. Lo peor que hizo fue tratar mal a la niña estos días, pero eso no es un delito como para arruinarle la vida. Sé que tú y tu hombre...
Un leve destello cruzó por los ojos de Gabriela. Rocco no era su hombre, pero no valía la pena aclararlo en ese momento.
La anciana continuó:
—Ustedes son personas con mucho poder. Aplastarnos sería como pisar una hormiga. Todo el rencor y el odio que tengan, descárguenlo en mí, pero no le hagan daño a Inés. Es una mujer sola, viuda y con hijos. Ya sufre demasiado, se los suplico.

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