—Con razón Doña Lola siempre traía a la niña tan sucia y maloliente. Como no era de su sangre, la trataba como basura.
—Sí, la mandaba a trabajar y a recoger chatarra. Si había algo rico para comer, se lo devoraba ella y a la pobre Mila solo la dejaba mirando.
—¿Pero qué ganaba la vieja con eso?
—¿Qué va a ganar? Su hija se casó y se fue lejos, su hijo se murió. Solo buscaba a alguien que la mantuviera en su vejez.
—Y como no era suya, pensaba que tratarla bien era un desperdicio. Por eso la maltrataba.
Los murmullos de los vecinos se convirtieron en testimonios para los policías.
Doña Lola se levantó de un salto y le gritó a la multitud:
—¡Como sea, yo la mantuve seis años! ¡Si no fuera por mí, se habría muerto! ¡Debería estarme agradecida! ¡Debería servirme!
—¡Qué lógica tan retorcida! —le reprochó el policía, con la mirada endurecida—. ¡Si cuando encontró a la niña hubiera llamado a las autoridades en lugar de llevársela, ella habría regresado con su madre mucho antes y habría tenido una vida feliz!
—¡Estuvo a punto de arruinarle la vida a una criatura!
Al ver que la anciana no sentía el menor remordimiento, el oficial dejó de hablar y la sujetó de los brazos.
—Ahora mismo nos acompaña a la delegación para la investigación.
Ambos policías la tomaron por los costados y comenzaron a caminar. Por más que Doña Lola forcejeó, fue inútil.
Fuera del patio, escondida entre la gente, Gabriela observaba la escena.


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