—Mamá, ¿crees que esa mujer sea de verdad la madre biológica de Mila? —preguntó Inés, aún sintiendo un nudo en el estómago al recordar lo ocurrido la noche anterior.
—¡Y a mí qué me importa! —abrió mucho los ojos Doña Lola—. Yo crié a Mila por seis años, ¡y pase lo que pase, soy su abuela! ¡Mientras yo no dé mi permiso, nadie se la va a llevar!
En cuanto a las amenazas que le lanzaron los acompañantes de esa mujer, le tenían sin cuidado.
A su edad, estaba acostumbrada a hacer lo que le daba la gana en el pueblo. Si ni los líderes del municipio podían con ella, ¿por qué iba a asustarse de unos forasteros?
Apenas terminó de hablar, se escuchó ruido en el patio.
Madre e hija cruzaron miradas y Doña Lola sonrió con arrogancia.
—Seguro es Mila. A esa mocosa la tengo bien domada; su mayor miedo es que yo la abandone.
Sin embargo, cuando Doña Lola salió al patio, se topó de frente con dos policías, acompañados por Arturo y Diego.
Detrás de ellos venía una multitud de chismosos.
Era la primera vez que Doña Lola veía tanta gente en su casa, y mucho menos a la policía.
—¿Usted es Doña Lola? —preguntó uno de los oficiales.
Al ver que venían por ella, las arrugas de su rostro temblaron, pero mantuvo su tono altanero.
—¿Y para qué me buscan?
Los oficiales fueron directo al grano.
—Somos de la Delegación Policial del Pueblo. Recibimos una denuncia y está acusada de secuestro y maltrato infantil. Acompáñenos.
Antes de que Doña Lola pudiera reaccionar, los vecinos soltaron exclamaciones de asombro.


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