Originalmente, ella solo le había pedido ayuda para encontrar a Rogelio. Pero él no solo hizo eso, sino que logró dar con el paradero exacto de su hija.
Gabriela no tenía idea de qué clase de influencias o métodos había usado para lograr algo así en tan poco tiempo.
Pero de no ser por él, quién sabe cuántos años más habría tardado en encontrar a su pequeña.
Desde el otro lado del balcón, Rocco la observó envuelta en su chaqueta. Una sonrisa casi imperceptible asomó en sus labios.
La prenda cubría por completo su figura delgada, dejando a la vista solo su rostro, que en ese momento había perdido toda su dureza y se veía vulnerable y hermoso.
Rocco sintió una sacudida en el pecho. Por un segundo, una necesidad irracional y salvaje de acercarse y besarla cruzó por su mente.
Al darse cuenta de lo peligroso de sus pensamientos, las alarmas sonaron en su cabeza.
Obligó a sus labios a recuperar una expresión seria y distante.
Así, cuando Gabriela lo miró, solo vio el rostro de un témpano de hielo.
Rocco se aclaró la garganta, apartando la mirada.
—No tienes por qué darme las gracias. Solo recuerda lo que me prometiste.
Gabriela pestañeó. Por supuesto que no había olvidado el trato.
Sobre todo después de que él había superado todas sus expectativas.
—No lo he olvidado... —murmuró.
Él asintió, satisfecho.
—Más te vale. Porque fuiste tú quien dijo que, siempre y cuando no fuera ilegal o en contra de la moral, aceptarías cualquier condición que yo te impusiera. ¿Es correcto?
Gabriela apretó las manos, ocultas dentro de las mangas enormes de la chaqueta. Ella cumplía su palabra.

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