Esa noche, Gabriela y Rocco se alojaron en la posada del pueblo.
Después de darle un baño y ponerle ropa limpia, Gabriela se preparó para acostar a la niña. Para su sorpresa, la pequeña se acurrucó directamente en el piso duro, junto al borde de la cama.
—¿Qué haces ahí, mi amor? —preguntó Gabriela confundida, señalando el colchón.
Mila parpadeó y respondió con la mayor naturalidad:
—Dormir.
Al ver que la niña lo veía como algo completamente normal, el corazón de Gabriela dio un vuelco.
—¿Quieres decir que... duermes en el suelo todas las noches?
Mila asintió y se sentó, luciendo algo incómoda.
*¿No puedo dormir aquí?*
*Pero si siempre duermo así...*
Gabriela se acercó y la levantó en brazos para ponerla sobre el colchón.
—¿Por qué duermes en el suelo?
—Para cuidar a la abuela. A veces, la abuela se siente mal por las noches —explicó.
Lo dijo sin una pizca de queja. Para ella, dormir en el piso frío para atender a una anciana era lo más normal del mundo.
Pero era apenas una niña de seis años.
Mateo Jara, a sus seis años, todavía exigía que le dieran la comida en la boca a veces. Y Mila, en cambio, ya cargaba con el peso de cuidar a una adulta.
Gabriela recordó la primera vez que la vio. La niña no quiso comerse el panecillo que le había dado; lo guardó para Doña Lola. En el refugio de la Escuela Rural de la Esperanza, Mila la abanicaba mientras la observaba devorar la comida con ojos hambrientos.
En ese momento, pensó que solo era una niña con un corazón noble. Ahora sabía la verdad: Doña Lola la había adoctrinado desde la cuna para ser su sirvienta.
A Gabriela se le partió el alma. La abrazó con ternura y le susurró al oído:

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