En el instante en que los dos guardaespaldas cruzaron la puerta, el rostro de la mujer flacuchenta perdió todo su color, y su hija rompió a llorar aterrorizada.
—¿Qui... quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? ¡Están abusando de dos mujeres solas! —exclamó la mujer, retrocediendo a tropezones mientras abrazaba a su hija.
Sin necesidad de que Damián diera una orden, los dos hombres avanzaron paso a paso hacia ella.
No hicieron falta palabras. Sus miradas asesinas fueron suficientes para helarle la sangre.
Y tal como se esperaba, antes de que los hombres siquiera la alcanzaran, el terror se apoderó de ella.
Se dejó caer al suelo de sentón, aferrándose a la niña, y entre sollozos y gritos soltó la verdad:
—¡Mila! ¡Mila está en el Cerro Sombrío!
—¿El Cerro Sombrío? —Arturo frunció el ceño alarmado—. ¡Esa zona está en ruinas! ¿Qué demonios hace Mila ahí?
Al escuchar dónde estaba, a Gabriela se le encogió el estómago.
Ella conocía perfectamente ese lugar. Y no solo ella, todo su equipo de investigación lo recordaba muy bien.
Fue allí donde ocurrió el deslave la primera vez que ella llegó a explorar la montaña.
Aquel desastre había sido tan brutal que destrozó casi todas las casas a los pies de la montaña. Más tarde, el gobierno inició la reconstrucción, pero hasta la fecha, grandes sectores seguían acordonados y estaba estrictamente prohibido acercarse.
Pensar que Mila estaba ahí, expuesta a un peligro constante, hizo que Gabriela perdiera los estribos y saliera corriendo hacia el Cerro Sombrío.
—¡Gabriela! —la llamó Rocco.
—¡No me detengas! —Le apartó la mano de un manotazo y continuó corriendo a toda prisa.
La noche ya había caído, y la niña aún no regresaba.

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