En ese momento, el mundo entero de Enzo se hizo pedazos.
Durante todos esos años, había considerado que haberse visto obligado a casarse con Gabriela era la gran mancha de su vida.
Por eso, durante siete largos años, la había tratado con indiferencia, con rechazo, y había menospreciado cada pequeña cosa que ella hacía.
No es que fuera ciego a sus esfuerzos, pero debido a aquel incidente, veía todas sus atenciones como simples manipulaciones, como los trucos baratos de una mujer trepadora.
Jamás se le pasó por la mente que Gabriela se estaba entregando de verdad, que estaba luchando con el alma para salvar su matrimonio, que genuinamente quería construir una vida a su lado.
Él había sido tan arrogante, tan cegado por su propia versión de la historia. Estaba convencido de que Gabriela era una mujer fría y calculadora. Por eso... por eso permitió que todos a su alrededor la humillaran, la ignoraran y la pisotearan...
Incluso después, cuando descubrió lo talentosa y brillante que era profesionalmente, la sombra de aquella noche seguía nublando su juicio, haciéndole dudar de ella.
Pero la verdad le estaba estallando en la cara. Todo había sido un plan maquiavélico de Valentina. Gabriela era completamente inocente. Ella ni siquiera sabía qué había pasado aquella noche.
Desde el primer día, Gabriela había jurado su inocencia. Se lo había explicado mil veces, hasta que él, harto, le exigió que se callara y dejara de justificarse. Él le decía que el pasado pisado, pero en el fondo sabía que era mentira. Simplemente no soportaba escuchar lo que él consideraba una sarta de mentiras baratas.
Y cuando ella, firme, insistió en el divorcio, todo su resentimiento volvió a aflorar por culpa de su ego herido.
No podía entender cómo la mujer que supuestamente se había arrastrado a su cama para obligarlo a casarse con ella, ahora tenía el descaro de pedirle el divorcio. En su cabeza retorcida, Gabriela debía pasar el resto de su vida agradecida y en deuda con él.
Pero la verdad era que, desde el principio, el que no tenía derecho a exigir nada era él.
En esos siete años, él ni siquiera había cumplido como el pilar del hogar. Le daba a Gabriela una miseria mensual —dinero que además Valentina le recortaba— y esperaba que ella hiciera milagros para mantener las apariencias de él y de Mateo frente al mundo.

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