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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 384

Durante todo ese tiempo, al igual que los demás, Daniel había creído que Gabriela había usado tácticas baratas para conseguir el codiciado puesto de la Señora Jara.

Por eso, siempre había defendido a Enzo, mirando a Gabriela por encima del hombro, como si fuera menos que nada.

Tanto en público como a sus espaldas, había dicho cosas verdaderamente hirientes y crueles sobre ella.

Aunque sus sentimientos por Gabriela habían cambiado recientemente, los prejuicios y la malicia del pasado seguían siendo una realidad innegable.

Y ahora descubría que ella siempre había sido la víctima.

Esa noche, hace siete años, la trampa estaba preparada para él. Fue Gabriela quien, sin saberlo, recibió el golpe que iba dirigido a él. Fue su chivo expiatorio.

Si no hubiera sido por ella, quizá él habría sido forzado a casarse con Valentina, pudriéndose en un matrimonio miserable y lleno de mentiras.

Al recordar todo el infierno por el que había pasado Gabriela en esos últimos años, Daniel sintió que el pecho se le hundía bajo el peso de la culpa.

Le había fallado terriblemente...

Un arrepentimiento desgarrador lo invadió. Con los ojos enrojecidos, miró a Gabriela sin parpadear.

El corazón le latía con un dolor punzante.

Quería compensarla. Quería usar todo lo que tenía, hasta su último aliento, para reparar el daño...

El ambiente en la habitación era asfixiante, y fue en ese preciso instante que Gabriela rompió el silencio.

—Valentina, si te diste cuenta del error esa misma noche, ¿por qué no hiciste nada para solucionarlo? Podrías habernos llevado a Enzo y a mí al hospital; así, nunca me habría casado con él, ni me habría convertido en tu cuñada.

—¿Y por qué lo haría? —replicó Valentina, como si hubiera escuchado un chiste absurdamente estúpido, señalando a sus padres—. Por la reputación de la familia Jara. Por eso. Además, no soy idiota. ¿Llevarlos al hospital para que al despertar me denunciaras a la policía? Por supuesto que no. Quería que tú, Gabriela, quedaras marcada de por vida, que fueras la mancha en el historial de mi hermano. Quería que nunca pudieras levantar la cabeza frente a nuestra familia.

—Ya veo que así fue... —Gabriela soltó una risa amarga y cargada de ironía, riéndose de lo ridículos y patéticos que habían sido esos siete años de su vida.

Hace siete años, la prestigiosa familia Salinas la había echado a la calle. Para romper cualquier lazo con ellos, había renunciado a todos los privilegios y el estatus que venían con el nombre de Gabriela Salinas. Desde ese día, volvió a ser simplemente Gabriela Aranda.

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