Acostumbrada a ser como un barril de pólvora que estallaba con la más mínima chispa, esta vez Valentina solo se cubrió la mejilla golpeada. No pronunció palabra, limitándose a negar con la cabeza.
A un lado, luciendo un aspecto desastroso, Jimena observaba a la familia Jara hundirse en el caos. Al ver que Héctor acababa de abofetear a Valentina, una chispa de satisfacción cruzó por sus ojos.
Sin embargo, no tardó en ocultar sus emociones. Con los ojos enrojecidos, dio un paso al frente.
—Valentina, por favor, ayuda a Mateo. Si tú eres quien más lo adora. Ay, ojalá yo tuviera ese tipo de sangre... si fuera así, no dudaría en donarle.
—¡Cállate! —Valentina empujó a Jimena con fuerza—. ¡Apártate de aquí, hipócrita! ¡Nadie te pidió tu opinión!
Tomada por sorpresa, Jimena perdió el equilibrio por el fuerte empujón y, frente a la mirada de todos, cayó sentada al suelo.
El dolor del golpe directo en el coxis irradió por todo su cuerpo.
Se quedó ahí sentada, con una mueca de agonía, incapaz de reincorporarse. Pero nadie en todo el pasillo movió un solo dedo para ayudarla.
De hecho, a nadie le importó en lo más mínimo.
Enzo, con semblante sombrío, se plantó frente a su hermana.
—Valentina, ¿por qué no puedes donarle sangre a Mateo? Ahora mismo eres la única que puede salvarlo, ¿por qué te niegas?
Valentina solo negaba con la cabeza mientras gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas.
Gabriela no podía esperar más. Se volvió hacia el médico.
—Doctor, ¿hay alguna otra alternativa? Se lo suplico, salve a mi hijo.
El médico la miró con pesadumbre.
—En este momento, solo usted y la tía tienen este grupo sanguíneo. Lo ideal sería que la tía lo hiciera. Una transfusión de un familiar de primer grado, como la madre biológica, tiene un alto riesgo de provocar complicaciones mortales. Por regla general, siempre evitamos eso, pero si...
Antes de que el médico pudiera terminar la frase, las puertas del quirófano se abrieron otra vez.

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